martes, 24 de abril de 2012

acerca de la vida de Bajtín

Para quienes les interese saber de la vida de Mijail Bajtin y el contexto adverso en que produjo su obra. El texto figura en una página web que no permite editarlo, por eso aparece "roto" en su presentación.



                           Mijaíl Bajtín: el pensamiento bajo sospecha

                                                                   Por Sylvia Iparraguirre

Cualquiera que mire un mapa de la costa norte de Rusia, sobre el Mar



Artico, donde la tradición griega situaba el país de los hiperbóreos, puede imaginar

que las heladas islas Solovetsky no ofrecen un paisaje seductor. Mucho menos si

lo que allí esperan son los muros del campo de prisioneros de Solovki, uno de los

destinos más duros del régimen stalinista para desterrados políticos. En enero de

1929, Mijail Bajtín fue arrestado y condenado a diez años de prisión en ese campo.

Los diversos cargos recibieron el rótulo general de "actividades

antigubernamentales" y, en concreto, fueron: reunirse con un grupo de estudios

filosófico-religiosos; aparecer, en París, en una supuesta lista de miembros de un

futuro gobierno antistalinista; y, por último, más socráticamente, "corromper a la

juventud".

Cinco meses después, su osteomielitis crónica seguía impidiendo el traslado

del prisionero a su destino. La mala salud de Bajtín le dio tiempo a Elena, su

mujer, a contactarse con algunos amigos influyentes. Gorki y Alexis Tolstoi

enviaron telegramas a las autoridades. Se apeló a la Cruz Roja. Durante esos meses

de detención en el hospital, ve la luz el primer libro que Bajtín publica bajo su

nombre:

Problemas en la poética de Dostoievski. El libro deslumbró a Lunacharsky, crítico

literario respetado y funcionario cultural. Su recomendación


ayudó a la conmutación de la pena: los diez años en las islas Solovetsky pasaron a

ser seis en Kustanai, sur de la Siberia Occidental, a mil seiscientos kilómetros de

Moscú. En marzo de 1930, Elena y Mijail abordaban el tren. Antes de subir, Elena

se atrevió a preguntar cómo era el lugar desconocido hacia el cual iban. "El clima

es severo pero saludable", fue la respuesta.

Bajaba el telón sobre una década decisiva, caótica, prolífica. Bajtín tenía

treinta y cuatro años y había publicado cuatro de sus libros mayores: sobre Freud y

el psicoanálisis, sobre el formalismo ruso, sobre filosofía del lenguaje y sobre

Dostoievski. Hacía una década que su valor era reconocido por el mundo

intelectual de Moscú y San Petersburgo y lo rodeaba un círculo de amigos y

discípulos que ya lo consideraba un maestro. Su asombrosa versatilidad, que

abarcó estudios semióticos, de teoría literaria, lingüística y antropología se aparejó

a una férrea coherencia. Cualquier libro de Bajtín que se lea declara su voluntad de

no ceder a una configuración teórica de dogma. Lo fascinó lo diverso, lo

heterogéneo, las fuerzas subterráneas de la cultura popular que mueven la historia.

El grupo de Bajtín estaba en el ambicioso camino de los idealistas alemanes como

Fichte y Schelling: sintetizar la diversidad de la experiencia humana.

El tren abandona lentamente San Petersburgo, ahora Leningrado. En el triste

y polvoriento vagón de tercera, pasajeros cabizbajos no se atreven a hablar entre sí,

ni siquiera para comunicarse su lugar de destino; la delación es moneda corriente.

Lenin había muerto en 1924 con la amarga certeza de quién era Iosef Stalin. "(...)

El camarada Stalin ha concentrado en sus manos un poder inmenso y no estoy

seguro de que en todo momento sabrá utilizarlo con prudencia. Es demasiado

brusco y ese defecto se hace intolerable en el cargo de secretario general". Lenin

fue profético. En 1929, las famosas "purgas" recién comenzaban y Koba

("Inflexible", tal era el sobrenombre de Stalin) llega a saberlo todo. El tren

atraviesa la noche interminable hacia un destino que se transformaría en

siniestramente emblemático para el régimen. Bajo la luz macilenta, Bajtín, barba y

bigotes recortados, frente amplia y pálida, sostiene entre las suyas la mano de su

mujer. Con este viaje desaparecería para la vida civil rusa. Y lo sabía. Pero si de

algo han dado testimonio amigos y discípulos es del estoicismo bajtiniano, de su

inclaudicable sentido del humor, de su flemática paciencia para enfrentar la

adversidad. Sólo una cosa podía desequilibrar su carácter reflexivo y pacífico: la

falta de cigarrillos.

El exilio marca un antes y un después en la vida y en la obra de Bajtín. El

Dostoievski sería su presentación en el mundo editorial y también su despedida. El



destino de ese libro describe una simbólica simetría con el de su autor: si en 1929

su primera edición ayudó a salvarlo de una muerte física segura, la segunda, que

aparecería en 1963, marcaría su redescubrimiento, impediría su muerte intelectual

y lo lanzaría al reconocimiento internacional. A fines de los '50, una nueva

generación, que había leído ávidamente el

Dostoievski, descubriría con estupor que su autor, sobre el que circulaban diversas

leyendas —entre otras que no existía, que era un seudónimo colectivo—, vivía, casi

completamente ignorado, en la periferia geográfica e intelectual de su propio país.


Diecisiete años atrás

San Petersburgo, invierno de 1913. La intelligentsia local, que es como decir



la inteligencia rusa, arde en los cafés de moda y en los cabarets vanguardistas. El

clima político radicalizado por la frustrada revolución de 1905 y la inminencia de

la Primera Guerra Mundial galvanizan el aire, en el que se cruzan como flechas las

encendidas defensas de los "ismos". El simbolismo pierde terreno mientras se

levantan el acmeísmo de Anna Ajmátova y Ossip Mandelstam y el futurismo de

Maiakovsky. Se leen manifiestos; el del futurismo iconoclasta fue llamado "una

bofetada en la cara del gusto del público". Bajtín tiene dieciocho años, ya ha

cursado un año universitario en Odessa y acaba de ingresar en la Facultad de

Historia y Filología Clásicas. Los años universitarios de Bajtín coinciden con la

Primera Guerra Mundial y la Revolución de 1917, años de fructífero caos.

En la facultad, Mijail frecuenta a los formalistas, los aliados más cercanos

de Maiakovsky. Años después, serían sus oponentes frontales en la elaboración de

su teoría del texto. En San Petersburgo, comparte un cuarto de estudiantes con su

hermano mayor. Nikolai, extravertido y temperamental, reúne todas las

condiciones para ser admirado por su hermano menor: es brillante, tiene carisma,

como toda esa generación —incluido su hermano— es de una precocidad

desconcertante, y ya posee una sólida formación filosófica y literaria. Pocos años

atrás, en la época del colegio secundario de Vilno, Nikolai lideraba a sus

compañeros: se escurrían a medianoche al laboratorio a cantar "La Internacional",

escribían poesía revolucionaria, leían a Nietzsche, a Kierkegaard, a Baudelaire, a

Kant.

En San Petersburgo, los hermanos Bajtín comparten la fiebre de esos días en

los que las vanguardias desafían a una compleja tradición. Lo que generosamente

brinda la

intelligentsia rusa en dos décadas, provocará largas y complejas



consecuencias en el pensamiento europeo del siglo XX. Derivaciones conceptuales

de los que Bajtín "está pensando" en esos años, reaparecerán en la estética de la

recepción de la escuela de Tartu, en Lacan, y en la pragmática, teoría lingüística

que anticipa la crítica al estructuralismo francés de los 60. Si bien los dos

hermanos frecuentan estas reuniones fervorosas, la inclinación natural de Mijaíl al

pensamiento y la filosofía lo lleva a la Sociedad Filosófico-Religiosa de San

Petersburgo donde, sin tener que ver con la teología, la discusión se centraba en

un problema de base para la futura definición de un imperio anacrónico y

tambaleante: el enfrentamiento entre rusófilos e internacionalistas. Amante de la

tradición rusa, Bajtín sentía al mismo tiempo el interés urgente de abrirse al

europeísmo. Rusia se desentumecía de su largo sueño medieval para producir en

veinte años el Renacimiento que nunca había tenido.

Sólo tres años atrás, en 1910, había muerto Tolstoi, quien supo ver como

nadie los cambios que se gestaban. Sin embargo, a Tolstoi lo horrorizaba la idea de

una revolución sangrienta, creía fervientemente en el cristianismo y que todo podía

cambiarse "desde el corazón de los hombres". Gandhi, que fue su discípulo

epistolar, pudo, al menos en parte, cumplir el sueño tolstoiano de la no-violencia.

Pero en Rusia, siglos de sometimiento y hambre de los campesinos conducían

inexorablemente al cambio violento.

A la Revolución de 1917 siguió la guerra civil. El conflicto separó

ideológicamente a los hermanos: Nikolai se unió al ejército blanco zarista; cuando

los vencieron, abandonó Rusia para siempre. Fue marino en el Mediterráneo y una

noche de borrachera, en Constantinopla, se unió a la Legión Extranjera. En 1930

aparece en París donde, azarosamente, descubre el libro de Mijail sobre

Dostoievski. En 1932 está en Cambridge, haciendo amistad con Wittgenstein. Para

que se cumplan las simetrías, Wittgenstein pasaba por un momento fuertemente

tolstoiano. Siguiendo las enseñanzas del escritor sobre la humildad, se van a vivir

juntos a un barrio obrero de Londres. En 1950, Nikolai muere en Inglaterra sin

saber que su hermano vivía, convencido de que había perecido en las purgas

stalinistas.

En Rusia, el invierno de 1918 fue feroz; no había alimentos, no había

combustible, no había leña. En los departamentos se quemaban los muebles,

después los libros y, finalmente, el parquet. Si bien la reacción de los intelectuales

ante la revolución no fue ni mucho menos homogénea, en medio de las penurias

continuaba una atmósfera de euforia milenarista; la vida intelectual se enriqueció

con la suma de los escritores, músicos y pintores judíos que antes de la revolución

eran discriminados. Pronto hubo una emigración de San Petersburgo a ciudades de

provincia, donde el clima político era más tranquilo. Como muchos de sus

compañeros, Bajtín pasa a vivir en Nevel y luego en Vitebsk, donde formaría, con

Pumpiansky, Yudina y Kagan y posteriormente Voloshinov y Medvedev, el

llamado "círculo de Bajtín". Allí también, Mijail conocería a Elena Alexandrovna

Okolovich, con quien se casa en 1921. Había motivos para que, más allá de la

devoción mutua que se profesaron, Elena fuera la persona capital en su vida. Por

un lado, los cuidados de una dolorosa enfermedad que terminaría con la

amputación de una pierna; por el otro, el talento nulo de su marido para la vida

práctica. Bajtín era excéntrico, humorístico y un charlista incansable sin ninguna

pretensión sobre el nivel intelectual de su interlocutor, pero odiaba atender el

teléfono, se negaba a escribir y contestar cartas; le gustaban los aspectos "teatrales"

de la vida, rodearse de gente peculiar, a la que le divirtiera hacer bromas y

disfrazarse. Sus amigos desesperaban: era una lucha arrancarle un manuscrito para

llevarlo a imprenta. Bajtín desconfiaba de todo lo que hubiera dejado de estar "en

proceso", de lo que no estuviera abierto a la corrección o a un nuevo aporte. En

esos años, trabaja en su filosofía del lenguaje, en un texto fundamental sobre la

relación entre el autor y el héroe, en una teoría de la literatura basada en la

intertextualidad y en una serie de artículos y monografías centrados en dos temaseje

de su obra: ética y responsabilidad.

En Nevel y en Vitebsk, los intelectuales en medio de un clima de "cambio

total" generaron una cantidad de actividades que hoy asombran. Menciono, como

curiosidad, los "juicios" a los que escritores críticos y lectores sometían a los

personajes literarios. Como "abogado defensor" Bajtín fue muy popular: ganó

todos en los que se presentó. Uno de ellos fue la defensa de Katerina Maslova, el

personaje de

Resurrección, de Tolstoi. Lo asombroso no era la organización de



estas actividades, imbuidas del espíritu revolucionario de una cultura para todos; lo

asombroso era la cantidad inaudita de público que acudía. Había que habilitar

pasillos y escaleras horas antes de que comenzara el debate. Para estos tópicos y

para otro, muy popular en esos días y caro a los rusos, la existencia de Dios,

directamente no había localidades.

Poco después, los Bajtín regresan a San Petersburgo. En medio de los

puestos burocráticos o académicos que sus amigos logran conseguir, Bajtín queda

al margen. Su incansable energía intelectual no condecía con su carácter: Nada

más alejado del frenesí de la década que este hombre necesitado de su sofá, de sus

incesantes cigarrillos, de sus continuas tazas de té fuerte y de la calma para pensar.

A pesar de todo, Bajtín era un hombre "que no le seguía el paso a la época", más

parecido a un filósofo de cámara, a un Martin Buber (de quien se consideraba

discípulo) que a un inquieto activista de la cultura. Para ayudarlo, le organizan

conferencias: la entrada equivalía al valor de un boleto de tranvía. Atrincherado en

su mundo privado, Bajtín publicó libros bajo los nombres de sus amigos discípulos

Medvedav y Voloshinov y siguió escribiendo. En sus cajones dormía el largo

artículo de 1919: “La arquitectónica de la responsabilidad”. El concepto de

responsabilidad que Bajtín desarrolla en relación con la ética es sorprendentemente

cercano al del existencialismo; se anticipa ocho años a

Ser y tiempo de Heidegger y en décadas a  El ser y la nada, de Sartre. No se trata de

magnificar a Bajtín ni de destacar influencias imposibles (su ensayo se publicaría recién

en 1979), sino de


ubicarlo en una constelación de hombres que, alejados en el espacio y en el

tiempo, pensaron respuestas confluyentes para interrogantes que marcaron el siglo.

Terminaba la década del veinte, muchas cosas habían cambiado. Bajtín es

arrestado, condenado a prisión y enviado a Siberia.

Siberia Occidental, 1936


Como le habían dicho a Elena al abordar el tren, en Kustanai el clima es


severo. A los 18 grados bajo cero de promedio en invierno se sumaba el terrible
buran.
Soplaba con tal fuerza que los habitantes del pueblo tenían que aferrarse a


los cables tendidos en las bocacalles para que no los volara. Bajtín tiene la

enseñanza prohibida: ni filosofía ni literatura. Pronto su capacidad es requerida

para tópicos más prácticos: una conferencia para los almaceneros de ramos

generales. Después, clases de contabilidad para los campesinos de los koljoz. Se

reúnen multitudes en los enormes galpones. Sin perder su proverbial calma, Bajtín

enseña teneduría de libros, de paso, habla de literatura y recita a Pushkin. Entre sus

alumnos están los rudos campesinos que forman la Guardia Roja local, a la que el

maestro debe reportarse una vez a la semana. Indudablemente, eran tiempos poco

propicios para el travestismo social, la obscenidad desbocada o el cambio de roles,

temas centrales de su monumental
Rabelais, desarrollado en su vida invisible y


cuyo primer capítulo trata de la historia de la risa. En su vida visible, publica en el

Comercio soviético, el único escrito suyo que en esos años conoce la prensa,

"Experiencias basada en un estudio de demanda entre los trabajadores de los

koljoz". Bajtín tuvo pleno contacto con lo que se llamó la "colectivización".

El dato no es anecdótico. La colectivización en el trabajo se extendió a la

unificación de lenguajes y costumbres de un país marcado por diferencias

étnicas de todo tipo. Más todavía, desde hacía un par de años se recomendaba a

los escritores un método literario que se llamó "realismo socialista". Su

convencionalización, sus pautas estandarizadas, su "programa" están en las

antípodas de la teoría que Bajtín escribe a contrapelo: "El discurso en la

novela", en el que explora de qué modo diferentes épocas se representaron a sí

mismas en el género más maleable de la literatura. Términos tales como

"lenguaje unificado", "géneros oficiales", "canonización del sistema ideológico"

que aparecen en ese texto, no fueron, en 1934, elegidos inocentemente. El

requerimiento oficial de mostrar un héroe positivo, ideológicamente correcto, se

da de patadas con su compleja formulación de la construcción del personaje; de

un verosímil que refleje el mundo imperfecto, incompleto, impredecible: el de la

vida humana. Sin embargo, la idea de un lenguaje narrativo accesible que

sirviera, además, para educar al pueblo, le interesó tanto a Bajtín que le dedicó

un libro. Lo que ocurrió con el manuscrito es digno de mencionarse. En 1941 la

Unión Soviética entra en la Segunda Guerra Mundial. La pobreza es extrema.

Bajtín tenía tabaco pero no papel: armó sus cigarrillos con el original y se fumó

su ensayo sobre la novela de educación. Esto ya es leyenda e, inesperadamente,

al otro lado del mundo y de la ideología, Paul Auster no quiso perdérselo: hay

una cita de esta anécdota en su película
Cigarros. A fines de los 40 y en los 50,



Bajtín accede a puestos no demasiado notorios de enseñanza, en ciudades

periféricas de la capital. Los años finales, ya sin Elena, los pasa en un pequeño

departamento de Moscú.

¿Puede un hombre situarse al costado de su tiempo, dejando a un lado

circunstancias extremas y condicionamientos de censura y, desde allí, pensar?

Bajtín pudo hacerlo. Fue un espíritu libre y una de las inteligencias más

profundas del siglo XX. Moral e intelectualmente desprejuiciado, nada ni nadie

pudo impedir a este hombre modesto hacer aquello para lo que estaba

inusualmente dotado: pensar. Y Bajtín pensó a favor de los vientos que

cambiaron su época. Pensó una filosofía libre, en la que contradicción y

heterogeneidad forman parte de la existencia humana y pasan a formar parte

ineludible de su representación estética..

Aunque los tuvo al final de su vida, no necesitó ni reconocimiento ni

celebridad. Desde la perspectiva Bajtiniana el deseo de originalidad parece fútil; la

creatividad es, en última instancia, anónima. Es decir, colectiva. Nadie puede

pensar solo, ni descubrir ningún camino si no es en diálogo con el otro.

Bajtín muere en Moscú el 7 de marzo de 1975.

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