miércoles, 4 de abril de 2012

lectura optativa

A propósito de abordar la relación entre el lenguaje (los nombres) y la realidad (las cosas) hice referencia a este diálogo de Platón, para quienes deseen leerlo:

PLATÓN

CRÁTILO
HERMÓGENES, CRÁTILO, SÓCRATES
(selección)

HERMóGENES (1). - ¿Quieres, entonces, que hagamos partícipe también a Sócrates de nuestra conversacion? CRÁTILO (2). - Si te parece bien...
HERM. - Sócrates, aquí Crátilo afirma que cada uno de los seres tiene el nombre exacto por naturaleza. No que sea éste el nombre que imponen algunos llegando a un acuerdo para nombrar y asignándole una fracción de su propia lengua, sino que todos los hombres, tanto griegos como bárbaros, tienen la misma exactitud en sus nombres. Así que le pregunto si su nombre, Crátilo, responde a la realidad, y contesta que sí. «¿Y cuál es el de Sócrates?», pregunté, «Sócrates», me contestó. «¿Entonces todos los otros hombres tienen también el nombre que damos a ca¬da uno?» Y él dijo: «No, no. Tu nombre, al menos, no es Hermógenes ni aunque te llame así todo el mundo» (3). Y cuando yo le pregunto ardiendo en deseos de saber qué quiere decir, no me aclara nada y se muestra irónico con¬migo. Simula que él lo tiene bien claro en su mente, como quien conoce el asunto, y que si quisiera hablar claro ha¬ría que incluso yo lo admitiera y dijera lo mismo que él dice. Conque si fueras capaz de interpretar de algún mo¬do el oráculo de Crátilo, con gusto te escucharía. O aún mejor: me resultaría aún más agradable saber qué opinas tú mismo sobre la exactitud de los nombres -siempre que lo desees.
SÓCRATES - Hermógenes, hijo de Hipónico, dice un an-tiguo proverbio que es difícil saber cómo es lo bello. Y, desde luego, el conocimiento de los nombres no resulta insignificante. Claro, que si hubiera escuchado ya de la¬bios de Pródico (4) el curso de cincuenta dracmas que, se¬gún éste, es la base para la formación del oyente sobre el tema, no habría nada que impidiera que tú conocieras en este instante la verdad sobre la exactitud de los nom¬bres. Pero, hoy por hoy, no he escuchado más que el de una dracma (5). Por consiguiente ignoro cómo será la ver¬dad sobre tan serio asunto. Con todo, estoy dispuesto a investigarlo en común contigo y con Crátilo. En cuanto a su afirmación de que Hermógenes no es tu verdadero nombre, sospecho -es un decir- que está chanceándo¬se, pues tal vez piense que fracasas una y otra vez en tu deseo de poseer riquezas. Es difícil, como decía hace un instante, llegar al conocimiento de tales temas, pero no queda más remedio que ponerlos en el centro e indagar si es como tú dices o como dice Crátilo.
HERM. - Pues bien, Sócrates, yo, pese a haber dialogado a menudo con éste y con muchos otros, no soy ca¬paz de creerme que la exactitud de un nombre sea otra cosa que pacto y consenso (6). Creo yo, en efecto, que cual¬quiera que sea el nombre que se le pone a alguien, éste es el nombre exacto. Y que si, de nuevo, se le cambia por otro y ya no se llama aquél -como solemos cambiárselo a los esclavos-, no es menos exacto éste que le sustituye que el primero (7). Y es que no tiene cada uno su nombre por naturaleza alguna, sino por convención y hábito de quienes suelen poner nombres. Ahora que si es de cualquier otra forma,.estoy dispuesto a enterarme y escucharlo no sólo de labios de Crátilo, sino de cualquier otro.
SÓC. - Hermógenes, puede que, desde luego, digas algo importante. Conque considerémoslo: ¿aquello que se llama a cada cosa es, según tú, el nombre de cada cosa?
HERM. - Pienso que sí.
SÓC. - ¿Tanto si se lo llama un particular (8) como una ciudad?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Cómo, pues? Si yo nombro a cualquier ser..., por ejemplo, si a lo que actualmente llamamos «hombre» lo denomino «caballo» y a lo que ahora llamamos «caballo» lo denomino «hombre», ¿su nombre será hombre en general y caballo en particular, e inversamente, hombre en particular y caballo en general? ¿Es esto lo que quie¬res decir?
HERM. - Pienso que sí.
SÓC. - Prosigamos, pues. Dime ahora esto: ¿hay algo a lo que llamas «hablar con verdad» y «hablar con falsedad» (9)?
HERM. - Desde luego que sí.
SÓC. - ¿Luego habría un discurso verdadero y otro falso?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Acaso, pues, será verdadero el que designa a los seres como son, y falso el que los designa como no son?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Entonces es posible designar mediante el dis-curso a lo que es y a lo que no es?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Y el discurso verdadero es acaso verdadero en su totalidad y, en cambio, sus partes no son verda¬deras?
HERM. - No, también lo son sus partes.
SÓC. - ¿Acaso sus partes grandes son verdaderas y las pequeñas no? ¿O lo son todas?
HERM. - Todas, creo yo.
SÓC. - ¿Existe, pues, alguna parte del discurso á la que puedas llamar más pequeña que el nombre?
HERM. - No. Ésta es la más pequeña.
SÓC. - Bien. ¿Acaso el nombre del discurso verdadero recibe una calificación?
HERM. - Sí.
SÓC. -Verdadero, sin duda, como tú afirmas.
HERM. - Sí.
SÓC. -¿Y la parte del falso es una falsedad?
HERM. - Así lo afirmo.
SÓC. -¿Es posible, entonces, calificar al nombre de falso y verdadero, si .también lo hacemos con el discurso? (10).
HERM. - ¿Cómo no?
SÓC. -¿Acaso el nombre que cada uno atribuye a un objeto es el nombre de cada objeto?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Entonces también cuantos se atribuyan a cada objeto, todos ellos serán sus nombres y en el momento en que se les atribuye?
HERM. - Yo desde luego, Sócrates, no conozco para el nombre otra exactitud que ésta: el que yo pueda dar a cada cosa un nombre, el que yo haya dispuesto, y que tú puedas darle otro, el que, a tu vez, dispongas. De esta forma veo que también en cada una de las ciudades hay nombres distintos para los mismos objetos: tanto para unos grie¬gos a diferencia de otros, como para los griegos a diferen¬cia de los bárbaros.
SÓC. - ¡Vaya! Veamos entonces, Hermógenes, si también te parece que sucede así con los seres: que su esencia es distinta para cada individuo como mantenía Protágoras (11) al decir que «el hombre es la medida de to¬das las cosas» (en el sentido, sin duda, de que tal como me parecen a mí las cosas, así son para mí, y tal como te parecen a ti, así son para ti), o si crees que los seres tie¬nen una cierta consistencia en su propia esencia.
HERM. - Ya en otra ocasión, Sócrates, me dejé arrastrar por la incertidumbre a lo que afirma Protágoras. Pero no me parece que sea así del todo.
SÓC. - ¿Y qué? ¿También te has dejado arrastrar a la creencia de que no existe en absoluto ningún hombre vil?
HERM. - ¡No, no, por Zeus! Más bien lo he experimentado muchas veces, hasta el punto de creer que hay algunos hombres completamente viles y en número elevado.
SÓC. - ¿Y qué? ¿Nunca te ha parecido que hay hombres completamente buenos?
HERM. - Sí, muy pocos.
SÓC. -¿Luego te ha parecido que los hay?
HERM. - Sí, sí.
SÓC. -¿Cómo, entonces; formulas esto? ¿Acaso que los completamente buenos son completamente sensatos y los completamente viles completamente insensatos?
HERM. - Tal me parece.
SÓC. -¿Entonces es posible que unos seamos sensatos y otros insensatos, si Protágoras dijo la verdad y la verdad es que, tal como a cada uno le parecen las cosas, así son?
HERM. - De ninguna manera.
SÓC. - Ésta es, al menos, tu firme creencia: que si existen la sensatez y la insensatez, no es en absoluto posible que Protágoras dijera la verdad. Pues, en realidad, uno no sería más sensato que otro si lo que a cada uno le parece es la verdad para cada uno.
HERM. - Eso es.
SÓC. -Pero tampoco, creo yo, piensas con Eutidemo (12) que todo es igual para todos al mismo tiempo y en todo momento. Pues en este caso tampoco serían unos buenos y otros viles, si la virtud y el vicio fueran igua¬les para todos y en todo momento.
HERM. - Es verdad lo que dices.
SÓC. - Por consiguiente, si ni todo es para todos igual al mismo tiempo y en todo momento, ni tampoco cada uno de los seres es distinto para cada individuo, es evidente que las cosas poseen un ser propio consistente. No tienen relación ni dependencia con nosotros ni se dejan arras¬trar arriba y abajo por obra de nuestra imaginación, sino que son en sí y con relación a su propio ser conforme a su naturaleza (13).
HERM. - Me parece, Sócrates, que es así.
SÓC. - ¿Acaso, entonces, los seres son así por naturaleza y las acciones, en cambio, no son de la misma forma? ¿O es que las acciones, también ellas, no constituyen una cierta especie dentro de los seres?
HERM. - ¡Claro que sí, también ellas!
SÓC. - Luego las acciones se realizan conforme a su propia naturaleza y no conforme a nuestra opinión. Por ejemplo: si intentamos cortar uno de los seres, ¿acaso habremos de cortar cada cosa tal como queramos y con el instrumento que queramos? ¿O si deseamos cortar cada cosa conforme a la naturaleza del cortar y ser cortado y con el instrumento que le es natural, cortaremos con éxi¬to y lo haremos rectamente, y, por el contrario, si lo ha¬cemos contra la naturaleza, fracasaremos y no consegui¬remos nada?
HERM. - Creo que de esta forma.
SÓC. - ¿Por ende, si también intentamos quemar algo, habrá que quemarlo no conforme a cualquier opinión, sino conforme a la correcta? ¿Y ésta es como cada cosa tiene que ser quemada y quemar y con el instrumento apropiado por naturaleza?
HERM. - Eso es.
SÓC. - ¿Y no será lo demás de esta forma?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - Pues bien, ¿acaso el hablar no es también una entre las acciones?
HERM. - Sí.
SÓC. - Entonces, ¿acaso si uno habla como le parece que hay que hablar lo hará correctamente hablando así, o lo hará con más éxito si habla como es natural que las cosas hablen y sean habladas y con su instrumento natural, y, en caso contrario, fracasará y no conseguirá nada?
HERM. - Me parece tal como dices.
SÓC. - ¿Y el nombrar no es una parte del hablar? Pues sin duda la gente habla nombrando.
HERM. - Desde luego que sí.
SÓC. - ¿Luego también el nombrar es una acción, si, en verdad, el hablar era una acción en relación con las cosas?
HERM. - Sí.
SÓC. -¿Y nos resultaba evidente que las acciones no tenían relación con nosotros, sino que poseían una naturaleza suya propia?
HERM. -Así es.
SÓC. - ¿Luego también habrá que nombrar como es natural que las cosas nombren y sean nombradas y con su instrumento natural, y no como nosotros queramos, si es que va a haber algún acuerdo en lo antes dicho? ¿Y, en tal caso, tendremos éxito y nombraremos, y, en caso contrario, no?
HERM. - Claro.
SÓC. - Veamos, pues. ¿Lo que teníamos que cortar de-cíamos que había que cortarlo con algo?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Y lo que había que tejer había que tejerlo con algo? ¿Y lo que había que taladrar, había que taladrarlo con algo?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Y, entonces, lo que había que nombrar, había que nombrarlo con algo?
HERM. -Así es.
SÓC. - ¿Y qué sería aquello con lo que habría que taladrar?
HERM. - El taladro.
SÓC. -¿Y qué, aquello con lo que habría que tejer?
HERM. - La lanzadera.
SÓC. - ¿Y qué, aquello con lo que habría que nombrar?
HERM. - El nombre.
SÓC. - Dices bien. Luego también el nombre es un cierto instrumento.
HERM. - Desde luego.
SÓC.-Entonces, si yo preguntara «¿qué instrumento es la lanzadera?», ¿no es aquello con lo que tejemos?
HERM. - Sí.
SÓC. - Y cuando tejemos (14), ¿qué hacemos? ¿No separamos la trama de la urdimbre cuando se hallan entremezcladas?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Acaso también sobre el taladro podrás decir lo mismo que sobre los demás objetos?
HERM. - Desde luego.
SÓC. -Ahora bien, ¿puedes decir lo mismo también sobre el nombre? ¿Qué hacemos cuando nombramos con el nombre en calidad de instrumento?
HERM. - No sé decirte.
SÓC. - ¿Acaso, en realidad, no nos enseñamos algo recíprocamente y distinguimos las cosas tal como son?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - Entonces el nombre es un cierto instrumento para enseñar y distinguir la esencia, como la lanzadera lo es del tejido.
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿La lanzadera es para tejer?
HERM. - ¿Cómo no?
SÓC. - Por consiguiente, un tejedor se servirá bien de la lanzadera -y «bien» quiere decir «conforme al oficio de tejer»-. Por su parte, un enseñante (15) se servirá bien (16) del nombre -y «bien» quiere decir «conforme al oficio de enseñar».
HERM. - Si.
SÓC. -¿De quién es la obra de la que se servirá bien el tejedor cuando se sirva de la lanzadera?
HERM. - Del carpintero.
SÓC. - ¿De cualquier carpintero, o del que conoce el oficio?
HERM. - Del que conoce el oficio.
SÓC. - ¿Y de quién es la obra de la que se servirá bien el taladrador cuando se sirva del taladro?
HERM. - Del herrero.
SÓC. - Ahora bien, ¿de cualquier herrero, o del que conoce el oficio?
HERM. - Del que conoce el oficio.
SÓC. - Bien. ¿Y de quién es la obra de la que se servirá el enseñante cuando se sirva del nombre?
HERM. - Tampoco sé decirte eso.
SÓC. - ¿Tampoco puedes decirme, al menos, quién nos proporciona los nombres de los que nos servimos?
HERM. - Ciertamente, no.
SÓC. - ¿No crees tú que quien nos los proporciona es el uso (17)?
HERM. -Así parece.
SÓC. - ¿Entonces el enseñante se servirá de la obra del legislador cuando se sirva del nombre?
HERM. - Creo que sí.
SÓC. -¿Y crees tú que cualquier hombre es legislador? ¿O el que conoce el oficio?
HERM. - El que conoce el oficio.
SÓC. - Por consiguiente, Hermógenes, no es cosa de cualquier hombre el imponer nombres, sino de un «nominador». Y éste es, según parece, el legislador, el cual, desde luego, es entre los hombres el más escaso de los artesanos.
HERM. - Tal parece.
SÓC. - Prosigamos, pues. Considera en qué se fija el legislador para imponer los nombres; y parte, en tu exa¬men, de lo que antes dijimos. ¿En qué se fija el carpinte¬ro para fabricar la lanzadera? ¿No será en lo que es tal como para tejer por naturaleza? (18).
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Y qué? Si se le rompe la lanzadera mientras la fabrica, ¿volverá a fabricar otra fijándose en la que es¬tá rota, o en aquella forma conforme a la cual ya fabrica¬ba la que rompió?
HERM. - En esta última, creo yo.
SÓC. - ¿Tendríamos entonces todo el derecho de llamarla «la lanzadera en sí»?
HERM. - Así lo creo yo.
SÓC. - Por consiguiente, cuando se precise fabricar una lanzadera para un manto fino o grueso, de lino o de lana, o de cualquier otra calidad, ¿han de tener todas la forma de lanzadera y hay que aplicar a cada instrumento (19) la forma natural que es mejor para cada objeto?
HERM. - Sí.
SÓC. - Y lo mismo, por supuesto, en lo que respecta a los demás instrumentos: hay que encontrar la forma de instrumento adecuada por naturaleza para cada cosa y aplicarla a la materia de la que se fabrica el instrumento; pero no como uno quiera, sino como es natural. Pues hay que saber aplicar al hierro, según parece, la forma de ta¬ladro naturalmente apropiada para cada objeto.
HERM. - Por supuesto.
SÓC. - Y a la madera la forma de lanzadera naturalmente apropiada para cada objeto.
HERM. - Eso es.
SÓC. - Y es que, según parece, a cada forma de tejido le corresponde por naturaleza una lanzadera, etc.
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Entonces, excelente amigo, también nuestro legislador tiene que saber aplicar a los sonidos y a las sílabas el nombre naturalmente adecuado para cada objeto? ¿Tiene que fijarse en lo que es el nombre en sí para formar e imponer todos los nombres, si es que quiere ser un legítimo impositor de nombres? Y si cada legislador no opera sobre las mismas sílabas, no hay que ignorar esto: tampoco todos los herreros operan sobre el mismo hierro cuando fabrican el mismo instrumento con el mismo fin (20); sin embargo, mientras apliquen la misma forma, aunque sea en otro hierro, el instrumento será correcto por más que se haga aquí o en tierra bárbara. ¿No es así?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Pensarás, entonces, que tanto el legislador de aquí como el de los bárbaros, mientras apliquen la forma del nombre que conviene a cada uno en cualquier tipo de sílabas..., pensarás que el legislador de aquí no es peor que el de cualquier otro sitio?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - Pues bien, ¿quién es el que va a juzgar si se en-cuentra en cualquier clase de madera la forma adecuada de lanzadera: el fabricante, el carpintero o el que la va a utilizar, el tejedor?
HERM. - Es más razonable, Sócrates, que sea el que la va a utilizar.
SÓC. -¿Y quién es el que va a utilizar la obra del fa-bricante de liras?, ¿no es acaso el que tiene la habilidad de dirigir mejor al operario y juzgar si, una vez fabricada, está bien fabricada o no?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - ¿Y quién es?
HERM. - El citarista.
SÓC. - ¿Y quién con el constructor de navíos?
HERM. - El piloto.
SÓC. - ¿Y quién podría dirigir mejor la obra del legis¬lador y juzgarla, una vez realizada, tanto aquí como en¬tre los bárbaros? ¿No será el que la va a utilizar?
HERM. - Sí.
SÓC. -¿Y no es éste el que sabe preguntar?
HERM. - Desde luego.
SÓC. -¿Y también responder?
HERM. - Sí.
SÓC. - ¿Y al que sabe preguntar y responder lo llamas tú otra cosa que dialéctico?
HERM. - No, eso mismo.
SÓC. - Por consiguiente, la obra del carpintero es cons-truir un timón bajo la dirección del piloto, si es que ha de ser bueno el timón.
HERM. - ¡Claro!
SÓC. - Y la del legislador, según parece, construir el nombre bajo la dirección del dialéctico, si es que los nom-bres han de estar bien puestos.
HERM. - Eso es.
SÓC. - Puede entonces, Hermógenes, que no sea banal, como tú crees, la imposición de nombres, ni obra de hombres vulgares o de cualesquiera hombres. Conque Crátilo tiene razón cuando afirma que las cosas tienen el nombre por naturaleza y que el artesano de los nombres no es cualquiera, sino sólo aquel que se fija en el nombre que cada cosa tiene por naturaleza y es capaz de aplicar su forma tanto a las letras como a las sílabas.
HERM. - No sé, Sócrates, cómo habré de oponerme a lo que dices. Con todo, quizá no sea fácil dejarse convencer tan de repente. Creo que me convencerías mejor, si me mostraras cuál es la exactitud natural del nombre que tú sostienes.
SÓC. - Yo, por mi parte, mi feliz Hermógenes, no sos-tengo ninguna. Sin duda has olvidado lo que te dije poco antes, que no sabía pero lo indagaría contigo. Y ahora de nuestra indagación, la tuya y la mía, resulta ya claro, con¬tra nuestra primera idea, por lo menos esto: que el nom¬bre tiene por naturaleza una cierta exactitud y que no es obra de cualquier hombre el saber imponerlo bien a cual¬quier cosa. ¿No es así?
HERM. - Desde luego.
SÓC. - Entonces hay que investigar lo que sigue a es¬to -si es que en verdad tienes ansias de saberlo-: qué clase de exactitud será la suya.
HERM. - ¡Pues claro que ardo en deseos de saberlo!
SÓC. - Investígalo, entonces.
HERM. - ¿Y cómo hay que investigarlo?
SÓC. - La más rigurosa investigación, amigo mío, se hace en compañía de los que saben, pagándoles dinero y dándoles las gracias. Y éstos son los sofistas, a quienes también tu hermano Calias (21) ha pagado mucho dinero y tiene fama de sabio. Como tú no dispones de los bienes paternos, has de instar a tu hermano y rogarle que te en¬señe a ti la exactitud que, sobre tal asunto, él ha aprendído de Protágorás.
HERM. - Extraña sería, ciertamente, Sócrates, esta súplica, si rechazo por completo La Verdad de Protágoras (22) y estimo como si valieran algo las afirmaciones de tal verdad.
SÓC. - Pues si tampoco esto te satisface, habrá que aprenderlo de Homero y los demás poetas.
HERM. - ¿Y qué dice Homero sobre los nombres, Sócrates, y dónde?
SÓC. - En muchos pasajes. Los más grandiosos y bellos son aquellos en los que distingue los nombres que dan a los mismos objetos los hombres y los dioses. ¿Es que no crees que dice algo magnífico y maravilloso en estos pasajes sobre la exactitud de los nombres? Pues desde lue¬go es evidente que los dioses, al menos, aplican con exactitud los nombres que son por naturaleza. ¿O no lo crees tú así?
HERM. - Bien sé yo que si les dan un nombre, éste es exacto. ¿Pero a cuáles te refieres?
SÓC. - ¿No sabes que sobre el río de Troya, el que sos-tuvo combate singular con Hefesto, dice Homero:
al que los dioses llaman Janto y los hambres Escamandro? (23).
HERM. - Sí, Sí.
SÓC. - ¿Pues qué? ¿No consideras cosa seria el conocer por qué motivo es más exacto llamar Xánthos a este río que Skámandros? Y, si quieres, sobre el ave de la que dice:
los dioses la llaman «chalkís» y los hombres «kymindis» (24), ¿consideras banal el saber cuánto más exacto es dar a es¬ta ave el nombre de chalkis que el de kymindis? ¿O el de Batíea y Myríne 25, y tantos otros de éste y otros poetas?
Puede que éstos sean demasiado grandiosos para que los descubramos con nuestras solas fuerzas; pero más propio de hombres, según creo, y más fácil es distinguir, sobre los nombres que atribuye al hijo de Héctor -Skamándrios y Astyánax (26)-, qué clase de exactitud dice que tienen. Pues conoces, sin duda, los pasajes en que apa¬recen estos versos a los que me refiero.
HERM. - Desde luego.
SÓC. -¿Cuál de los dos nombres -Astyánax o Skamándrios- crees tú que considera Homero más exacto para el niño?
HERM. - No sé decirte.
SÓC. - Considéralo entonces de esta manera: si alguien te preguntara «¿quién crees tú que aplica los nombres con más exactitud, los más sensatos o los más insensatos?...»
HERM. - ¡Evidentemente replicaría que los más sensatos!
SÓC. - Ahora bien, ¿quiénes crees que son más sensatos en una ciudad, las mujeres o los hombres, para referirnos en general al sexo?
HERM. - Los hombres.
SÓC. - ¿Y no sabes que Homero dice que eran los troyanos quienes llamaban Astyánax al hijo de Héctor, mientras que, evidentemente, las mujeres lo llamaban Skaniándrios -puesto que los hombres le daban el nombre de Astyánax (27)?
HERM. -Así parece.
SÓC. - ¿Acaso también Homero consideraba a los troyanos más sensatos que a sus mujeres?
HERM. - Pienso yo que sí.
SÓC. -¿Estimaba entonces que Astyánax era para el niño un nombre más exacto que Skanzándrios?
HERM. - ¡Claro!
SÓC. - Examinemos entonces por qué. ¿Es que no explica estupendamente el por qué? Dice, en efecto:
sólo él les defendía la ciudad y los largos niuros (28).
Por ello, pues, es exacto, según parece, llamar al hijo del salvador «soberano de la ciudad» (Astyánax) que su padre mantenía a salvo, según afirma Homero.
HERM. -Me parece evidente.
SÓC. - ¿Y por qué así? Pues yo mismo no lo entiendo del todo, Hermógenes. ¿Lo entiendes tú?
HERM. - ¡No, por Zeus! ¡Yo, no!
SÓC. - ¿Pero acaso, buen amigo, fue Homero quien impuso a Héctor su nombre?
HERM. - ¿Y qué?
SÓC. - Para mí que también éste tiene una cierta se-mejanza con Astyánax y que estos nombres parecen griegos. Pues Anax y Héctor (29) significan casi lo mismo, uno y otro son nombres de rey: en efecto, si uno es «señor» (ánax) de algo, también es, sin duda, su «dueño» (héktor). Es evidente que lo domina, lo posee y lo «tiene» (échei). ¿O crees que digo naderías y que me engaño al pensar que estoy palpando la huella, por así decirlo, de la opinión de Homero sobre la exactitud de los nombres?
HERM. - ¡No, por Zeus! No me parece que te pase eso, sino que tal vez estés alcanzando algo.
SÓC. - Al menos es justo, según se me pinta, llamar león al fruto del león y caballo al fruto del caballo (30). De ningún modo me refiero a si de un caballo nace, como monstruo, un ser distinto de un caballo. Me estoy refiriendo a aquello que es fruto de la generación natural. Si un caballo engendra contra natura un ternero, que es, por na¬turaleza, fruto de un toro, no hay que llamarlo potro, si¬no ternero. Tampoco, pienso yo, si de un hombre nace lo que no es fruto de hombre, hay que llamar hombre a este fruto. Y lo mismo sucede con los árboles y con todo lo de¬más. ¿O no eres de mi opinión?
HERM. - Soy de tu opinión.
SÓC. - Dices bien. Vigílame, pues, no vaya a inducirte a error de alguna forma. Y es que, por la misma cuenta, si de un rey nace un retoño, hay que llamarlo rey. Nada importa que sean unas u otras las letras que expresan el mismo significado; ni tampoco que se añada o suprima una letra con tal que siga siendo dominante la esencia de la cosa que se manifiesta en el nombre. (31)
HERM. - ¿Qué quieres decir con esto?
SÓC. -Nada complicado. Tú sabes que a los elementos (32) les damos nombre sin que pronunciemos los elementos mismos, excepto en el caso de cuatro: la e, la u, la o y la o (33). En cambio, a los demás, ya sean vocales o consonantes34, sabes que les añadimos otras letras pa¬ra pronunciarlos convirtiéndolos en nombres. Pero, con tal que le impongamos manifiestamente la potencia suya, será correcto darle el nombre que nos lo va a designar. Por ejemplo, la beta: ya ves que, pese a añadir e, t y a, na¬da impide manifestar con el nombre completo la naturaleza de aquel elemento tal como lo quería el legislador. ¡Así de sabio fue para imponer bien los nombres a las letras!
HERM. - Creo que tienes razón.
SÓC. -¿Entonces nos haremos la misma cuenta también en el caso del rey? En efecto, de un rey procederá un rey, de un bueno uno bueno, de un bello uno bello e, igualmente, en todos los demás casos: de cada raza nace¬rá un producto semejante, siempre que no surja un monstruo. Y habrá que darles los mismos nombres. Podemos engalanarlos con las sílabas hasta el punto de que a un profano pueda parecerle que los mismos seres son distintos entre sí. Lo mismo que a nosotros nos parecen distintos, siendo los mismos, los fármacos de los médicos cuan¬do están variados con colores y olores -mientras que al médico, en tanto que observa la virtud de los fármacos, le parecen los mismos y no se deja impresionar por los elementos añadidos-, de la misma forma, quizás, también el experto en nombres observa su virtud y no se deja impresionar si se añade una letra, se transmuta o se suprime, o bien si la virtud del nombre reside en otras letras completamente diferentes. Lo mismo que -como decíamos hace un momento- Astyánax y Héktor no tienen ninguna letra en común, salvo la t, y, sin embargo, significan lo mismo.
Aún más: ¿qué letra tiene en común con éstos archépolis? Y, sin embargo, significa lo mismo. Hay otros muchos nombres que no significan otra cosa que «rey» y otros, a su vez, que significan «general», como, por ejemplo, Agis, Polémarchos y Eupólemos (35). Y otros, en rela¬ción con la medicina: latroklés y Akesímbrotos (36).
Conque puede que halláramos otros muchos nombres que difieren en sílabas y letras, pero dicen lo mismo en lo que toca a su virtud. ¿Te parece así o no?
HERM. - Desde luego que sí.
SÓC. - Pues bien, a los seres que nacen conforme a na-turaleza habrá que darles los mismos nombres.
HERM. - Desde luego.

(***)

Es evidente que el legislador redujo también las demás nociones a letras y sílabas, creando un signo y un nombre para cada uno de los seres, y, a partir de aquí, compuso el resto mediante la imitación con estos mismos elementos.
Ésta es, Hermógenes, mi opinión sobre la exactitud de los nombres, a menos que aquí, Crátilo, tenga otra cosa que decir.
HERM. - ¡Claro que sí, Sócrates! Muchas veces Crátilo me pone en aprietos, como decía antes, afirmando que hay una exactitud de los nombres, pero sin decir clara¬mente de qué clase. De esta forma no puedo saber si, ca¬da vez que habla sobre el tema, lo hace tan poco claro vo¬luntaria o involuntariamente. Conque ahora, Crátilo, con¬fiesa delante de Sócrates si te satisface la forma en que éste habla sobre los nombres o si tienes tú algo mejor que decir. Y si lo tienes, expónlo para que aprendas de Sócra¬tes, o bien nos instruyas a los dos (158).
CRÁT. - ¿Cómo, Hermógenes? ¿Te imaginas que es fácil aprender o enseñar tan rápidamente cualquier cosa y menos aún ésta que parece de las más importantes?
HERM. - ¡No, por_Zeus, desde luego que no! Pero creo que está bien lo que dice Hesíodo, que si uno va depositando un poco sobre otro poco, ello resulta beneficioso (159). Conque si eres capaz de aportar algo más, por poco que sea, no cejes y haznos un favor a Sócrates aquí presente y a mí -pues debes.
SÓC. - Por supuesto, Crátilo, que ni yo mismo podría garantizar nada de lo que he expuesto. Lo he analizado tal como se me iba ocurriendo con el concurso de Hermógenes; de forma que, en gracia a esto, anímate a hablar, si tienes algo mejor, en la idea de que yo lo aceptaré. Y, en verdad, no me extrañaría que pudieras decir algo me¬jor que esto, pues tengo la impresión de que lo has estu¬diado personalmente y que has aprendido de otros. Por consiguiente, si dices algo mejor, ya puedes inscribirme también a mí como uno de tus discípulos sobre la exacti¬tud de los nombres.
CRÁT. - ¡Claro que sí, Sócrates! Como tú dices, me he ocupado de estos temas y, quizás, podría tomarte como alumno. Con todo, temo no vaya a resultar al revés, pues se me ha ocurrido citarte las palabras que Aquiles dirige a Áyax en Las Plegarias. Dice así:
Áyax Telamonio del linaje de Zeus, caudillo de pueblos, paréceme que has dicho todo conforme a mi ánimo (160).
También tú, Sócrates, parece que has recitado tu oráculo en conformidad con mi pensamiento, ya sea que te hayas inspirado en Eutifrón o que te posea desde hace tiempo alguna otra Musa sin que tú lo adviertas.
SÓC. - ¡Mi buen amigo Crátilo! Incluso yo mismo estoy asombrado, hace tiempo, de mi propia sabiduría y des¬confío de ella. Por ende, creo que hay que volver a analizar mis palabras, pues lo más odioso es dejarse engañar por uno mismo. Y cuando el que quiere engañarte no se aleja ni un poquito, sino que está siempre contigo, ¿cómo no va a ser temible? Hay que volver la atención una y otra vez, según parece, a lo antes dicho e intentar lo del poeta: mirar «a un tiempo hacia adelante y hacia atrás» (161). Vea¬mos, pues, ahora mismo lo que hemos dejado definido. La exactitud del nombre es -decimos- aquella que nos ma¬nifieste cuál es la cosa. ¿Diremos que esta definición es suficiente?
CRÁT. - A mí, Sócrates, me parece que por completo.
SÓC. -¿Y los nombres se dicen con vistas a la instrucción?
CRÁT. - Exactamente.
SÓC. -¿Diremos, entonces, que ésta es un arte y que hay artesanos de ella?
CRÁT. - Exactamente.
SÓC. - ¿Quiénes?
CRÁT. - Los que tú decías al principio, los legisladores.
SÓC. - Pues bien, ¿diremos, por caso, que también este arte se desarrolla entre los hombres como las demás, o no? Quiero decir lo siguiente: ¿entre los pintores, unos son peores y otros mejores?
CRÁT. - Desde luego.
SÓC. - ¿Entonces los mejores hacen mejor sus obras -las pinturas- y los otros, peor? ¿Y lo mismo los arquitectos, unos hacen las casas más bellas y otros más feas?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿Acaso, entonces, también los legisladores ha¬cen sus propias obras unos más bellas y otros más feas?
CRÁT. - Opino que esto ya no.
SÓC. - ¿Es que no te parece que, entre las leyes, unas son mejores y otras peores?
CRÁT. -De ninguna manera.
SÓC. -¿Entonces todos los nombres están correctamente puestos?
CRÁT. - Sí, al menos todos los que son nombres.
SÓC. -¿Y, sobre lo que se hablaba hace un momento? ¿Diremos que aquí Hermógenes ni siquiera posee es¬te nombre, habida cuenta de que nada tiene que ver con la progenie de Hermes? ¿O que sí lo tiene, pero no de for¬ma correcta en absoluto?
CRÁT. - Yo opino, Sócrates, que ni siquiera lo tiene, sólo lo parece, y que éste es el nombre de otro, de aquel a quien corresponda también tal naturaleza.
SÓC. - ¿Acaso tampoco se habla falsamente cuando se afirma que él es Hermógenes? Pues temo que no sea posi¬ble ni siquiera afirmar que éste es Hermógenes, si no lo es. CRÁT. - ¿A qué te refieres?
SÓC. - ¿Es que tu afirmación significa que no es posible, en absoluto, hablar falsamente (162)? Son muchos los que lo sostienen, amigo Crátilo, tanto ahora como en el pasado.
CRÁT. - ¿Pues cómo es posible, Sócrates, que si uno dice lo que dice no diga lo que es? ¿O hablar falsamente no es acaso decir lo que no es?
SÓC. - Tu razonamiento es un tanto sutil para mí y pa¬ra mi edad, amigo. Sin embargo, dime sólo esto: ¿piensas que no es posible hablar falsamente, pero sí afirmar cosas falsas?
CRÁT. - Creo que ni siquiera afirmar cosas falsas.
SÓC. - ¿Ni tampoco enunciar o saludar (163)? Por ejemplo, si alguien se encuentra contigo en el extranjero, te toma de la mano y dice: «Salud, forastero ateniense, Her¬mógenes hijo de Esmicrión», ¿lo diría este hombre o lo afirmaría o lo enunciaría o te saludaría así no a ti sino a Hermógenes? ¿O a ninguno de los dos?
CRÁT. - Según mi opinión, Sócrates, este hombre pronunciaría en vano esas palabras.
SÓC. - Bien, habrá que contentarse con esto: ¿acaso el que pronuncia esto lo pronuncia con verdad o con falsedad? ¿O parte de ello con verdad y otra con falsedad? Esto sería suficiente.
CRÁT. -Yo afirmaría que tal individuo emite un ruido y se mueve inútilmente, como si alguien agitara y golpeara una vasija de bronce.
SÓC. - Veamos, pues, Crátilo, si llegamos a algún tipo de acuerdo. ¿No dirías tú que el nombre es una cosa y otra distinta aquello de que es nombre?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿Luego convienes conmigo en que el nombre es una imitación de la cosa?
CRÁT. - Más que nada.
SÓC.-¿Entonces también admites que las pinturas son, de una forma distinta, imitaciones de ciertos objetos?
CRÁT. - Sí.
SÓC. -Veamos, pues (quizá no alcanzo a ver qué es exactamente lo que dices y podrías llevar razón): ¿es po¬sible atribuir y asignar ambas clases de imitaciones -tanto las pinturas como los nombres aludidos- a las cosas de las que son imitaciones? ¿O no?
CRÁT. - Es posible.
SÓC. -Antes que nada, examina esto otro: ¿podría atribuirse a un hombre la imagen de un hombre y a una mujer la de una mujer e, igualmente, en los demás casos?
CRÁT. - Desde luego.
SÓC. -¿Y lo contrario: el de un hombre a una mujer y el de una mujer a un hombre?
CRÁT. -También esto es posible.
SÓC. - ¿Acaso son correctas ambas atribuciones? ¿O una de ellas?
CRÁT. - Unas de ellas.
SÓC. - Supongo que la que atribuye a cada uno la que le es propia y semejante.
CRÁT. -También yo lo supongo.
SÓC. - Entonces, para que no entablemos un combate verbal tú y yo que somos amigos, acéptame lo que te digo: esta atribución, amigo mío, es la que yo llamo correcta en ambas imitaciones -la pintura y los nombres-, y en el caso de los nombres, además de correcta, verdadera. En cambio, a la otra, la atribución y asignación de lo desigual, la califico como incorrecta y falsa cuando se trata de nombres.
CRÁT. - ¡Cuidado, Sócrates, no vaya a ser que esto suceda con las pinturas -la atribución incorrecta-, pero no con los nombres, sino que la correcta sea siempre inevitable!
SÓC. -¿Qué quieres decir? ¿En qué se distingue ésta de aquélla? ¿Acaso no es posible acercarse a un hombre cualquiera y decirle: «éste es tu dibujo», y enseñarle, si acaso, su retrato o, si se tercia, el de una mujer? Y con «mostrarle» quiero decir «someter a la percepción de sus ojos».
CRÁT. - Desde luego.
SÓC. -¿Y qué si nos acercamos de nuevo a este mismo hombre y le decimos: «éste es tu nombre»? -pues, sin duda, también el nombre es una imitación como la pintura. Me refiero, pues, a lo siguiente: ¿no sería acaso posible decirle: «éste es tu nombre», y después, someter a la percepción de su oído, si acaso, la imitación de aquél, diciendo que es un hombre, o si se tercia, la de una mujer de la raza humana diciendo que es una mujer?
¿No piensas que ello es posible y que sucede a veces?
CRÁT. - Estoy dispuesto, Sócrates, a aceptarlo. Sea así.
SÓC. - Y haces bien, amigo mío, si ello es así. Ya no hay que discutir en absoluto sobre esto. Por consiguiente, si hay tal atribución también en este punto, a una de ellas nos proponemos llamarla «decir verdad».y a la otra «decir falsedad». Mas si ello es así, si es posible atribuir incorrectamente los nombres y no asignar a cada cosa lo que le corresponde, sino a veces lo que no le corresponde, sería posible lo mismo con los verbos (164). Y si es po¬sible disponer así nombres y verbos; a la fuerza también las oraciones -pues las oraciones son, según pienso, la combinación de éstos-. ¿Cómo lo explicas tú, Crátilo?
CRÁT. - Así. Creo que dices bien.
SÓC. - Luego si, a su vez, comparamos los nombres primarios con un grabado, será posible (165) -lo mismo que en las pinturas- reproducir todos los colores y formas correspondientes; o bien no reproducirlos todos, si¬no omitir algunos y añadir otros tanto en mayor número como magnitud. ¿No es ello posible?
CRÁT. - Lo es.
SÓC. - ¿Por ende, el que reproduzca todos producirá hermosos grabados y retratos y, en cambio, el que añada o suprima, producirá también grabados y retratos, pero malos?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿Y el que imita la esencia de las cosas mediante sílabas y letras? ¿Es que por la misma razón no obten¬drá un bello retrato, esto es, un nombre, si reproduce todo lo que corresponde, y, en cambio, obtendrá un retra¬to, pero no bello, si omite pequeños detalles o añade otros ocasionalmente? ¿De tal forma que unos nombres estarán bien elaborados y otros mal?
CRÁT. - Quizás.
SÓC. -¿Quizás, entonces, uno será un buen artesano de nombres y otro malo?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - Y éste tiene el nombre de « legisladora.
CRÁT. - Sí.
SÓC. - Luego, quizás, ¡por Zeus!, lo mismo que en las otras artes, un legislador será bueno y otro malo si es que en lo anterior hemos llegado a un acuerdo.
CRÁT. - Eso es. Pero observarás, Sócrates, que cuan¬do asignamos a los nombres estas letras (la a, la b y cada uno de los elementos) mediante el arte gramatical, si omitimos, añadimos o alteramos alguno, ya no tendremos escrito el nombre -no digo que no sea correcto-, sino que ni siquiera está escrito en absoluto, antes bien, se convierte, al punto, en otro nombre si le acontece algo de esto.
SÓC. - ¡Cuidado, Crátilo, no vayamos a analizarlo mal, si lo hacemos de esta forma!
CRÁT. - ¿Cómo, entonces?
SÓC. - Puede que esto que tu dices suceda con aquellos nombres cuya existencia depende forzosamente de un número. Por ejemplo, el mismo diez -o cualquier otro número que prefieras-. Si le quitas o añades algo, al punto se convierte en otro. Pero puede que no sea ésta la exacti¬tud en lo que toca a la cualidad o, en general, a la imagen. Antes al contrario, puede que no haya que reproducir ab-solutamente todo lo imitado, tal cual es, si queremos que sea una imagen. Mira si tiene algún sentido lo que digo: ¿es que habría dos objetos tales como Crátilo y la imagen de Crátilo, si un dios reprodujera como un pintor no sólo tu color y forma, sino que formara todas las entrañas tal como son las tuyas, y reprodujera tu blandura y color y les infundiera movimiento, alma y pensamiento como los que tú tienes? En una palabra, si pusiera a tu lado un du¬plicado exacto de todo lo que tú tienes, ¿habría entonces un Crátilo y una imagen de Crátilo o dos Crátilos?
CRÁT. - Paréceme, Sócrates, que serían dos Crátilos.
SÓC. - ¿No ves, entonces, amigo mío, que hay que buscar en la imagen una exactitud distinta de las que señalá¬bamos ahora mismo?, ¿que no hay que admitir a la fuerza que si le falta o le sobra algo ya no es una imagen? ¿No te percatas de lo mucho que les falta a las imágenes para tener lo mismo que aquello de lo que son imágenes?
CRÁT. -Sí, Sí.
SÓC. - Sería ridículo, Crátilo, lo que experimentarían por culpa de los nombres aquellas cosas de las que los nombres son nombres, si todo fuera igual a ellos en todos los casos. Pues todo sería doble y nadie sería capaz de distinguir cuál es la cosa y cuál el nombre.
CRÁT. - Dices verdad.
SÓC. - Pues bien, noble amigo, ten valor y concede que un nombre está bien puesto y otro no. No le obligues a que tenga todas las letras para que se convierta, sin más, en aquello de lo que es nombre. Permite que se añada una letra que no le corresponde; y si una letra, también un nombre dentro de la frase; y si un nombre, admite tam¬bién que se aplique dentro del discurso una frase que no corresponda a la realidad. Admite que, no por ello, deja de nombrarse o decirse la cosa, con tal que subsista el bosquejo de la cosa sobre la que versa la frase, lo mismo que lo había en los nombres de los elementos, si recuerdas lo que decíamos, hace poco, Hermógenes y yo (166).
CRÁT. - Lo recuerdo.
SÓC. - Excelente, en verdad. Y es que, mientras sub¬sista este bosquejo, aunque no posea todos los rasgos per¬tinentes, quedará enunciada la cosa; bien, cuando tenga todos, y mal, cuando pocos.
Admitamos, pues, feliz amigo, que se enuncia, a fin de que no incurramos en falta como los de Egina cuando cir-culan de noche y son multados por viajar tarde (167). Que no parezca que también nosotros llegamos, en realidad, a las cosas más tarde de lo conveniente. O si no, búscale al nombre otra clase de exactitud y no convengas en que el nombre es una manifestación de la cosa mediante síla¬bas y letras. Pues si mantienes estas dos afirmaciones, no serás capaz de ponerte de acuerdo contigo mismo (168).
CRÁT. - Bueno, Sócrates, me parece que hablas con mesura. Tal es mi disposición.
SÓC. - Bien, puesto que en esto somos de la misma opinión, analicemos a continuación esto otro: ¿sostenemos que, si el nombre va a estar bien puesto, ha de tener las letras correspondientes?
CRÁT. - Sí.
SÓC.-¿Y le corresponden las que son semejantes a las cosas?
CRÁT. - Desde luego.
SÓC. - Por consiguiente, los que están bien puestos lo están así. Mas si alguno no está bien puesto, su mayor parte constaría, quizás, de letras correspondientes y semejantes -dado que va a ser una imagen-, pero tendría una parte no correspondiente por la cual el nombre no sería correcto ni estaría bien acabado. ¿Es así como lo formulamos, o de otra forma?
CRÁT. - Pienso que no debemos seguir peleando hasta el final, Sócrates, por más que no me complazca sostener que un nombre existe y, sin embargo, no está bien puesto.
SÓC. - ¿Te complace, acaso, esto otro: que el nombre a es una manifestación de la cosa?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿En cambio, no te parece bien afirmar que unos nombres son compuestos a partir de los primarios y que otros son primarios?
CRÁT. - Claro que sí.
SÓC. - Pues si los primarios han de ser manifestacio¬nes de algo, ¿encuentras tú una forma mejor de que sean manifestaciones que el hacerlos lo más parecidos posible a aquello que tienen que manifestar? ¿O te satisface más esta otra fórmula que sostienen Hermógenes y muchos otros: que los nombres son objeto de convención y que ma-nifiestan las cosas a quienes los han pactado y los cono¬cen; que esto es la exactitud del nombre, convención, y que nada importa si se acuerda establecerlos como aho¬ra están o, por el contrario, llamar «grande» a lo que ahora se llama «pequeño» (169)? ¿Cuál de las dos fórmulas te satisface?
CRÁT. - Es total y absolutamente mejor, Sócrates, re-presentar mediante semejanza y no al azar aquello que se representa.
SÓC. -Dices bien. ¿No será entonces inevitable -si es que el nombre va a ser semejante a la cosa- que sean semejantes a las cosas los elementos de los que se componen los nombres primarios? Me refiero a lo siguiente: ¿acaso la pintura, a la que aludíamos hace un instante, se habría compuesto semejante a la realidad, si los pigmentos con los que se componen las pinturas no fueran semejantes por naturaleza a aquello que imita el grabado? ¿No es imposible?
CRÁT. - Imposible.
SÓC. - ¿Por consiguiente tampoco los nombres serían semejantes a nada, si aquello de lo que se componen no tuviera, en principio, una cierta semejanza con aquello de lo que los nombres son imitación? ¿Y no son los elementos aquello con lo que hay que componerlos?
CRÁT. - Sí.
SÓC. -- Entonces, tú compartes en este momento lo que decía Hermógenes antes. Veamos, ¿te parece bien que digamos que la r se asemeja a la marcha, al movimiento y a la rigidez (170), o no?
CRÁT. -Me parece bien.
SÓC. -¿Y la 1 a lo liso, blando y a lo que antes decíamos?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿Y sabes que para la misma noción nosotros decimos sklērótēs (rigidez) y los de Eretria sklērotēr? (171).
CRÁT. - Desde luego.
SÓC. - ¿Será entonces que la r y la s se asemejan a lo mismo y la palabra significa para aquéllos, terminando en r, lo mismo que para nosotros terminando en s? ¿O no significa nada para algunos de nosotros?
CRÁT. - ¡Claro que lo significa, para unos y para otros!
SÓC. - ¿En tanto que r y s son semejantes, o en tanto que no lo son?
CRÁT. - En tanto que semejantes.
SÓC. - ¿Y acaso son semejantes en todos los casos?
CRÁT. -Quizá sí, al menos para significar el movimiento.
SÓC. - ¿Y también la l que hay en medio? ¿No significa lo contrario de la rigidez?
CRÁT. - Quizá no está bien ahí, Sócrates. Como lo que explicabas a Hermógenes hace un instante suprimiendo e introduciendo las letras que era menester. ¡Y bien que me parecía! Conque ahora es posible que haya que pro¬nunciar r en vez de (172).
SÓC. - Dices bien. ¿Mas qué? Tal como hablamos aho¬ra no nos entendemos mutuamente, si uno dice sklerón, y no sabes lo que yo quiero decir ahora?
CRÁT. - Sí, queridísimo amigo, pero por la costumbre.
SÓC. -¿Y cuando dices «costumbre», crees que dices algo distinto de «convención»? ¿O entiendes por costum¬bre algo distinto que el que cuando yo digo esto pienso en aquello (173) y tú comprendes que yo lo pienso? ¿No en¬tiendes esto?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - ¿Luego si me comprendes cuando hablo, te ma-nifiesto algo?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - Y, sin embargo, hablo con elementos distintos de aquello que pienso, si es que la 1 no es, según tú mismo afirmas, semejante a la rigidez. Y si esto es así, ¿no será que lo has pactado contigo mismo, y para ti la exactitud del nombre es convención, dado que tanto las letras se¬mejantes como las desemejantes tienen significado, con tal que las sancionen costumbre y convención? Pero, aun en el caso duque la costumbre no fuera exactamente con¬vención, ya no sería correcto decir que el medio de mani¬festar es la semejanza, sino más bien la costumbre. Pues ésta, según parece, manifiesta tanto por medio de lo se¬mejante como de lo desemejante. Y como quiera que coin¬cidimos en esto, Crátilo (pues interpreto tu silencio como concesión), resulta, sin duda, inevitable que tanto con¬vención como costumbre colaboren a manifestar lo que pensamos cuando hablamos. Porque, mi nobilísimo ami¬go, refirámonos al número (174) si quieres: ¿cómo piensas que podrías aplicar a cada número nombres semejantes, si no permites que tu consenso y convención tengan so¬beranía sobre la exactitud de los nombres? ¡Claro que yo, personalmente, prefiero que los nombres tengan la ma¬yor semejanza posible con las cosas! Pero temo que, en realidad, como decía Hermógenes (175), resulte «forzado» arrastrar la semejanza y sea inevitable servirse de la con¬vención, por grosera que ésta sea, para la exactitud de los nombres. Y es que, quizá, se hablaría lo más bellamente posible cuando se hablara con nombres semejantes en su totalidad o en su mayoría -esto, es, con nombres apropiados-, y lo más feamente en caso contrario. Pero dime a continuación todavía una cosa: ¿cuál es, para nos¬otros, la función que tienen los nombres y cuál decimos que es su hermoso resultado?
CRÁT. - Creo que enseñar, Sócrates. Y esto es muy sim-ple: el que conoce los nombres, conoce también las cosas.
SÓC. - Quizá, Crátilo, sea esto lo que quieres decir: que, cuando alguien conoce qué es el nombre (y éste es exactamente como la cosa), conocerá también la cosa, puesto que es semejante al nombre. Y que, por ende, el arte de las cosas semejantes entre sí es una y la misma. Conforme a esto, quieres decir, según imagino, que el que conoce los nombres conocerá también las cosas.
CRÁT, - Muy cierto es lo que dices.
SÓC. - ¡Un momento! Veamos cuál sería esta forma de enseñanza, a la que ahora te refieres, y si -por más que ésta sea mejor- existe otra, o no hay otra que ésta. ¿Qué opinas de las dos alternativas?
CRÁT. - Esto es lo que yo supongo: que no existe otra 4 en absoluto y que ésta es única y la mejor.
SÓC. - ¿Acaso sucede lo mismo con el descubrimien¬to de los seres: que el que descubre los nombres descubre también aquello de lo que son nombres? ¿O hay que buscar y descubrir por otro procedimiento, y en cambio, conocer por éste?
CRÁT. - Hay que buscar y descubrir absolutamente por este mismo procedimiento y en las mismas condiciones.
SÓC. - Veamos, pues, Crátilo. Reflexionemos: si uno busca las cosas dejándose guiar por los nombres -exa-minando qué es lo que significa cada uno-, ¿no com¬prendes que no es pequeño el riesgo de dejarse engañar?
CRÁT. -¿Cómo?
SÓC. - Es obvio que tal como juzgaba que eran las co¬sas el primero que impuso los nombres, así impuso éstos, según afirmamos. ¿O no?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - Por ende, si aquél no juzgaba correctamente y los impuso tal como los juzgaba, ¿qué otra cosa piensas que nos pasará a nosotros, dejándonos guiar por él, sino engañarnos?
CRÁT. - Mas puede que no sea así, Sócrates, sino que el que impone los nombres lo haga forzosamente con co-nocimiento. Y es que, si no, como te decía hace rato, ni siquiera serían nombres. Sea ésta la mayor prueba de que el que pone los nombres no erró la verdad: en caso con¬trario, no serían todos tan acordes con él. ¿O no te has percatado, al hablar, que todos los nombres se originaban según el mismo modelo y con un mismo fin?
SÓC. - ¡Pero mi buen amigo Crátilo! Esto no es ningún argumento, pues si, equivocado en el inicio el que po¬ne los nombres, ya iba forzando los demás hacia éste y los obligaba a concordar con él mismo, nada tiene de ex¬traño. Igual sucede, a veces, con las figuras geométricas: si la primera es errónea por pequeña y borrosa, todas las demás que le siguen son acordes entre sí. Así pues, todo hombre debe tener mucha reflexión y análisis sobre si el inicio de todo asunto está correctamente establecido o no. Pues, una vez revisado éste, el resto debe parecer conse¬cuente con él. Y, desde luego, nada me extrañaría que también los nombres concuerden entre sí. Revisemos, pues, lo que hemos explicado al principio. Afirmamos que los nombres nos manifiestan la esencia del universo en el sen¬tido de que éste se mueve, circula y fluye (176). ¿Te parece que lo manifiesta de otra forma?
CRÁT. -Precisamente así. Y lo manifiesta con exactitud.
SÓC. - Pues bien, tomemos entre ellos, en primer lu¬gar, el de epistēmē y examinemos cuán equívoco es: más parece significar que detiene nuestra alma sobre las co¬sas que el que se mueva con ellas, y es más exacto pro¬nunciar su inicio como ahora que no epeistēmē, insertan¬do una e (177).
Después bébaion (consistente) es imitación de «base» (básis) y « reposo» (stásis), que no de movimiento. Después historia mismo significa que «detiene el flujo» (hístēsi rhoûn).
También pistón (firme) significa, a todas luces, « lo que detiene» (histán). A continuación, mnēmē (recuerdo) sig-nifica, para cualquiera, que hay «reposo en el alma» (mo¬nē-en tēi psychēi) y no movimiento. Y si quieres, hamartía (yerro) y symphorá (accidente) (178) -siempre que uno se deje guiar por el nombre- parecen idénticos a la «com¬prensión» (synesis) de antes, a la «ciencia» (epistéme) y a todos los otros nombres que hacen referencia a los valo¬res serios.
Todavía más: amathía (ignorancia) y akolasía (intem-perancia) parecen cercanos a éstos. En efecto, amathía se manifiesta como el «movimiento de lo que marcha en com-pañía de dios» (poreía toû háma theôi ióntos) y, a su vez, akolasía exactamente como «seguimiento de las cosas» (akolouthía tôis prágmasi). De esta forma los nombres que el uso impone a las nociones peores se nos manifiestan exactamente iguales que los de las mejores (179).
Creo que si uno se molestara, descubriría muchos otros, a partir de los cuales podría pensar que quien esta¬blece los nombres quiere manifestar las cosas no en mo¬vimiento o circulación, sino en reposo.
CRÁT. - Sin embargo, Sócrates, ya ves que la mayoría los ha manifestado de la otra forma.
SÓC. - ¿Qué significa entonces esto, Cratilo? ¿Conta-remos los nombres como votos y en esto consistirá su exac-titud? ¿Es que el mayor número de cosas que se vea que significan los nombres va a ser el verdadero?
CRÁT. - No es lógico, desde luego.
SÓC. - ¡De ninguna manera, amigo! Conque dejemos esto así y regresemos al punto desde el cual hemos llega¬do aquí. Pues ya anteriormente, si recuerdas, afirmabas que el que impone los nombres había de ponerlos, forzo¬samente, con conocimiento, a aquello a lo que se los im¬ponía. ¿Acaso sigues opinando todavía así, o no?
CRÁT. - Todavía.
SÓC. - ¿Entonces también afirmas que el que puso los primarios los puso con conocimiento?
CRÁT. - Con conocimiento.
SÓC. -¿Entonces con qué nombres conoció o descu¬brió las cosas, si los primarios aún no estaban puestos y, de otro lado, sostenemos que es imposible conocer o des cubrir las cosas si no es conociendo los nombres o descu¬briendo qué cosa significan?
CRÁT. -- Creo, Sócrates, que objetas algo grave.
SÓC. - Por consiguiente, ¿en qué sentido diremos que impusieron los nombres con conocimiento, o que son le-gisladores, antes duque estuviera puesto nombre alguno y ellos lo conocieran, dado que no hay otra forma de co¬nocer las cosas que a partir de los nombres?
CRÁT. - Pienso yo, Sócrates, que la razón más verda¬dera sobre el tema es ésta: existe una fuerza superior a la del hombre (180) que impuso a las cosas los nombres pri¬marios, de forma que es inevitable que sean exactos.
SÓC. -¿Y crees tú que el que los puso, si era un dios o un demon, los habría puesto en contradicción consigo mismo ¿O piensas que no tiene valor lo que acabamos de decir?
CRÁT. - ¡Pero puede que una categoría de estos nom¬bres no exista!
SÓC. - ¿Cuál de las dos, excelente amigo: la de los que conducen al reposo, o al movimiento? Porque, según lo antes dicho, no va a decidirse en razón del número.
CRÁT. - No sería razonable en modo alguno, Sócrates.
SÓC. - Por tanto, si los nombres se encuentran enfretados y los unos afirman que son ellos los que se aseme¬jan a la verdad, y los otros que son ellos, ¿con qué criterio lo vamos ya a discernir o a qué recurrimos? Desde luego no a otros distintos -pues no los hay-, conque habrá que buscar, evidentemente, algo ajeno a los nombres que nos aclare sin necesidad de nombres cuáles de ellos son los verdaderos; que nos demuestre claramente la verdad de los seres.
CRÁT. - Así pienso yo.
SÓC. - Por consiguiente, es posible, según parece, conocer los seres sin necesidad de nombres -siempre que las cosas sean así.
CRÁT. - Claro.
SÓC. - ¿Entonces por qué otro procedimiento esperas todavía poder conocerlos? ¿Acaso por otro distinto del que es razonable y justísimo, a saber, unos seres por medio de otros, si es que tienen algún parentesco, o ellos por sí mismos? Pues, sin duda, un procedimiento ajeno y distinto de ellos pondría de manifiesto algo distinto y ajeno pero no a ellos.
CRÁT. - Me parece que dices verdad.
SÓC. - ¡Un momento, por Zeus! ¿Es que no hemos acordado muchas veces que los nombres bien puestos son parecidos a los seres de los que son nombres y que son imagen de las cosas?
CRÁT. - Sí.
SÓC. - Por consiguiente, si es posible conocer las cosas principalmente a través de los nombres, pero también por sí mismas, ¿cuál será el más bello y claro conocimien¬to: conocer a partir de la imagen si ella misma tiene un cierto parecido con la realidad de la que sería imagen, o partiendo de la realidad, conocer la realidad misma y si su imagen está convenientemente lograda?
CRÁT. - Me parece forzoso que a partir de la realidad.
SÓC. - En verdad, puede que sea superior a mis fuerzas y a las tuyas dilucidar de qué forma hay que conocer o descubrir los seres. Y habrá que contentarse con llegar a este acuerdo: que no es a partir de los nombres, sino que hay que conocer y buscar los seres en sí mismos más que a partir de los nombres.
CRÁT. - Parece claro, Sócrates.
SÓC. - Pues bien, examinemos todavía -a fin de que esos muchos nombres que tienden a lo mismo no nos engañen-, si, en realidad, quienes los impusieron lo hi¬cieron en la idea de que todo se mueve y fluye (así opino yo personalmente que pensaban); o bien, si acaso esto no es así, son ellos mismos los que se agitan como si se hu¬bieran precipitado en un remolino y tratan de arrastrar¬nos en su caída 181. Porque considera, admirable Crátilo, lo que yo sueño a veces: ¿diremos que hay algo bello y bue¬no en sí, y lo mismo con cada uno de los seres, o no? (182).
CRÁT. - Creo yo que sí, Sócrates.
SÓC. - Consideremos, entonces, la cosa en sí. No si hay un rostro hermoso o algo por el estilo -y parece que to¬do fluye-, sino si vamos a sostener que lo bello en sí es siempre tal cual es.
CRÁT. - Por fuerza.
SÓC. - ¿Acaso, pues, será posible calificarlo con exac-titud afirmando, primero, que existe y, después, que es tal cosa, si no deja de evadirse? ¿O, al tiempo que habla¬mos, se convierte forzosamente en otra cosa, se evade y ya no es así?
CRÁT. - Por fuerza.
SÓC. - ¿Cómo, entonces, podría tener alguna existen¬cia aquello que nunca se mantiene igual? Pues si un mo¬mento se mantiene igual, es evidente que, durante ese tiempo, no cambia en absoluto. Y si siempre se mantiene igual y es lo mismo, ¿cómo podría ello cambiar o moverse, si no abandona su propia forma?
CRÁT. - De ninguna manera.
SÓC. - Pero es más, tampoco podría ser conocido por nadie. Pues en el instante mismo en que se acercara quien i va a conocerlo, se convertiría en otra cosa distinta, de for¬ma que no podría conocerse qué cosa es o cómo es. Nin¬guna clase de conocimiento, en verdad, conoce cuando su objeto no es de ninguna manera.
CRÁT. - Es como tú dices.
SÓC. - Pero es razonable sostener que ni siquiera exis¬te el conocimiento, Crátilo, si todas las cosas cambian y nada permanece. Pues si esto mismo, el conocimiento, no. dejara de ser conocimiento, permanecería siempre y se¬ría conocimiento. Pero si, incluso, la forma misma de co-nocimiento cambia, simultáneamente cambiaría a otra forma de conocimiento y ya no sería conocimiento.
Si siempre está cambiando, no podría haber siempre conocimiento y, conforme a este razonamiento, no habría ni sujeto ni objeto de conocimiento. En cambio, si hay siempre sujeto, si hay objeto de conocimiento; si existe lo bello, lo bueno y cada uno de los seres, es evidente, pa¬ra mí, que lo que ahora decimos nosotros no se parece en absoluto al flujo ni al movimiento.
Por consiguiente, puede que no sea fácil dilucidar si ello es así, o es como afirman los partidarios de Heráclito y muchos otros. Pero puede que tampoco sea propio de un hombre sensato encomendarse a los nombres en¬gatusando a su propia alma y, con fe ciega en ellos y en quienes los pusieron, sostener con firmeza -como quien sabe algo- y juzgar contra sí mismo y contra los seres que sano no hay nada de nada, sino que todo rezuma como las vasijas de barro. En una palabra, lo mismo que quienes padecen de catarro, pensar que también las cosas tienen esta condición, que todas están sometidas a flujo y catarro. En definitiva, Crátilo, quizá las cosas sean así, o quizá no. Así pues, debes considerarlo bien y con valentía y no aceptarlo fácilmente (pues aún eres joven y tienes la edad); y, una vez que lo hayas considerado, co¬munícamelo también a mí, si es que lo descubres.
CRÁT. - Lo haré. Sin embargo, Sócrates, ten por seguro que tampoco ahora ando sin examinarlo. Antes bien, paréceme, cuando me ocupo de analizarlo, que es, más bien, de la forma en que lo dice Heráclito.
SÓC. - ¡Entonces, hasta luego! Ya me instruirás, com-pañero, cuando estés aquí de vuelta. Ahora dirígete al campo, tal como estás equipado, que aquí Hermógenes te acompañará.
CRÁT. - Así será, Sócrates. Intenta también tú seguir reflexionando sobre ello.

NOTAS

1 Hijo de Hipónico y hermano de Callas (cf. n_ 21). Por el testimonio de JENOFONTE (Mentorabilia 12, 48; II 10, 3, y Banquete VIII 3) sabe¬mos que era uno de los íntimos de Sócrates: le instiga a que prepare su discurso de defensa y asiste a los últimos momentos de la vida del maes¬tro. No se le conoce con certeza adscripción a escuela o grupo filosófico alguno. DIÓGENES LAERCIO (III 6) le hace partidario de Parménides, pero ello puede deberse a una polarización frente al heraclitismo de:Crátilo (cf. F. AST, Platons Leben und Schriften, Leipzig, 1816, et alii). Aquí se le presenta como un hombre de poca personalidad, aunque bien dispuesto y afable, en contraposición a Crátilo. Sus intervenciones se reducen a asentir a lo que dice Sócrates, si bien alguna intervención suya hace pro¬gresar notablemente el diálogo (cf., sobre todo, 421e y n. 143).
2 Personaje cuya realidad biográfica es un tanto oscura. Tenemos sobre él pocas noticias y, aun éstas, contradictorias o difíciles de conju¬gar: a) por este diálogo sabemos que sostiene simultáneamente la teoría naturalista del lenguaje y la filosofía de Heráclito; b) que es joven (cf. 440d), de carácter terco y de escasa valía intelectual; c) ARISTÓTELES (Metafísica 1010ª7.15) dice que Crátilo había renunciado al lenguaje porque era un heracliteo radical y se limitaba a hacer signos con las manos; d) ARISTÓTELES (Metaf. 987a32 ss.) dice que Platón fue synéthēs «compañe¬ro» de Crátilo; el DIÓGENES LAERCIO (III 6) y PROCLO (In Platonis Cratylum Commentarii) dicen que Platón fue discípulo de Crátilo. - Pues bien, (e) se deriva probablemente (y es interpretación errónea) de (d), pero ade¬más, es difícil de conjugar con (b). A su vez, (c) contradice -y es más probable- que (a). Sobre el problema de conjugar el naturalismo y he¬raclitismo de Crátilo, véase Introducción.
3 Tanto Kratylos como Sokrátēs son nombres formados sobre el sus¬tantivo krátos «dominio»; el de Sócrates, además, presenta la raíz *sawo ¬que está en la base de palabras de vario significado. - Hermogénés sig¬nifica «del linaje de Hermes», y este nombre no le corresponde, debido a sus dificultades pecuniarias (cf. 384c y 391 a) y, como él mismo añade más tarde (cf. 408a), a su poca facilidad de palabra.
4 Célebre sofista, natural de Ceos, cuyo interés se centraba en el em¬pleo correcto de las palabras (cf. Eutidemo 277e) estableciendo los ras¬gos diferenciales de los sinónimos aparentes. En realidad, la exactitud que él propugna nada tiene que. ver con la orthótēs que aquí se discute. Sócrates fue un gran admirador suyo y se piensa que su célebre diaíresis (cf. Cármides 163d, Protágoras 358a) puede haber influido en las dicoto¬mías socráticas (cf. W. C. K. GUTHRIE, A History o( Greek Philosophy, págs. 223-25 y 27480, y C. J. CLASSEN, «The Study of Language amongst Socra¬tes Contemporaries, Proc. of the Afr. Class. Assoc. [1959), 38).
5 Podría querer decir que ha leído algún libro de Pródico: una drac¬ma es el precio aproximado de un libro en esta época (cf. Apología 26d) y demasiado poco, incluso, para un curso reducido.
6 Hermógenes emplea una terminología vaga, propia de quien no tie¬ne las ideas muy claras o expresa, no una teoría, sino un clima de opi¬nión. Aquí emplea synthékē y homología; más abajo, nómos y éthos. Cf. Introd. Traduzco nómos por «convención», en su valor más general, y, alguna vez, más adelante, por «uso». Para nonmothétēs empleo el térmi¬no comúnmente admitido de «legislador» (cf. 389a).
7 Hay en el texto griego de todos los MSS. (salvo T) dos frases de idéntico contenido («no es menos exacto el segundo que el primero» y « no es menos exacto éste que le sustituye que el primero»), de las cuales, una es, sin duda, glosa de la otra. Contra la opinión general que admite ambas como genuinas o que sigue a Bekker omitiendo (con el MS. T) la segunda, nosotros preferimos suponer (con Baiter) que es la primera la que no es auténtica.
8 Aquí Sócrates lleva a Hermógenes a una posición de extremo in¬dividualismo, que no es la inicialmente expuesta (cf., también, el § e, más abajo). Sobre las razones de este proceder de Sócrates, ver nuestra Introd.
9 El principio de que se puede hablar falsamente, introducido aquí un tanto bruscamente es, en realidad, el argumento más poderoso con¬tra ambas teorías. De ahí el interés, por parte de Sócrates, de dejarlo sentado inmediatamente. Es un tema que reaparece en Eutidemo 286b, c y Sofista 251a, b.
10 Paralogismo señalado por H. STEINTHAL, Geschichie der Sprach¬wissenschaft be¡ den Griechen und Röntern, Berlín, 1961, pág. 86, y R. ROBINSON, «The Theory of names in Plato's Cratylus», Phil. Rev. 65 (1956), 328. Una frase puede ser falsa y todos sus nombres verdaderos. Platón no había llegado a descubrir (o lo silencia por el interés de la argumen¬tación) que la frase constituye una unidad superior y no una mera suma de sus partes (cf. GUTHRIE, A History..., pág. 213).
11 Es el sofista de Abdera, blanco de los ataques platónicos en va¬rios diálogos (especialmente, el que lleva su nombre, pero cf., también, Teeteto 152 ss.). La cita es el célebre comienzo de su obra Alētheia «La Verdad» (cf., más abajo, la alusión a ésta). Aunque esta frase, fuera de todo contexto, ha sido objeto de múltiples interpretaciones (cf. GUTHRIE, ibid., págs. 181-191), es evidente que lo que pretendía el sofista es negar validez objetiva al conocimiento. Otra cosa muy distinta es que de su epis-temología individualista se pueda deducir una teoría de la orthoépeia como la que mantiene Hermógenes. Ver nuestra Introd.
12 Con su hermano Dionisodoro, es el protagonista del diálogo que lleva su nombre. La tesis que aquí se le atribuye es formulada allí de for¬ma diferente: .todos los hombres, dijo él, lo saben todo si saben una sola cosa- (Eutidemo 294a, cf. también 296c).
13 Otro principio que se esboza, aquí, en contra de Hermógenes y se repetirá, al final, del diálogo (cf. 439c-440) en contra de Crátilo.
14 En gr. kerkízein, lit. «manejarla kerkís (lanzadera)», aunque aquí con el sentido restringido de «separar la trama de la urdimbre». Sócra¬tes se refiere específicamente a esta actividad del tejedor porque tam¬bién con «el nombre... distinguimos las cosas» (cf. 388b). De todas las ac¬tividades artesanales que se comparan con la de nombrar, la más ade¬cuada es, precisamente, la de «destramar».
15 Traducimos didáskalos por «enseñante, no sin fastidio, al obje¬to de conservar el paralelismo de los esquemas etimológicos.
16 Aceptamos la conjetura kalós «bien» de un corrector del MS. Cois¬linianus. Puede haber caído fácilmente por haplografía.
17 Por mucho énfasis que se ponga en soi, es evidente que también Sócrates se pone aquí del lado del «uso» (nómos) con la idea de introdu¬cir en seguida la figura del « legislador» (nomothétēs). Se ha discutido mu¬cho sobre la identidad del legislador de los nombres o «nominador» (es¬pecialmente, si se trata de un individuo, y éste sobrehumano, o una co-lectividad, primitiva o no). Sócrates se refiere a él, unas veces, en singu¬lar y, otras, en plural, aunque -eso sí- niega claramente (cf. 438c) que sea un personaje divino. De hecho, es una figura que surge del proceso refutativo de la teoría convencionalista y será el último reducto del que Sócrates va a desalojar a Crátilo.
18 Esbozo de la teoría de las Ideas, aún en fase tentativa: el léxico no está fijado del todo y el sentido último no se ve muy claro. Según GRU¬BE, El pensamiento de Platón, Madrid, 1973, págs. 38-39, aquí el eîdos de la lanzadera sería «el conjunto de sus propiedades esenciales tal como lo ve (blépei) el carpintero». Ya no es « lo que una cosa parece, sino aquello a lo que una lanzadera se parece... y ‘ver’ se transforma de actividad física en mental». Cf. también, B. CALVERT, «Forms and Flux in Plato’s Cratylus», Phrónesis 15 (1970), 26-47, y J. V. LUCE, «The Theory of Ideas in the Cratylus», ibid, 10 (1965), 21-36.
19 En este pasaje hemos traducido érgon «obra» por «instrumento» y órganon «instrumento» por «forma del instrumento» (así como trypanon «la forma del taladro», etc.), con el fin de evitar la confusión que se ori¬ginaría de una traducción literal.
20 F. HORN (Platonstudien, Viena, 1904, págs. 29-30) ve aquí, creo que sin razón, otro paralogismo: los herreros operan sobre diferentes trozos del mismo material, pero las sílabas de ánthrōpos y homo, por ejemplo, son materiales diferentes.
21 Hijo de Hipónico y hermano de Hermógenes. Es el hombre más rico de Atenas («su casa es la más grande v próspera de la ciudad», Pro¬tágoras 337d), amigo de los sofistas y, especialmente, de Protágoras, de quien Platón le llama «administrador. en Teeteto 165a. En su casa se ce-lebraban frecuentes reuniones (cf. el diálogo Protágoras) y banquetes con los sofistas (cf. el Banquete de Jenofonte).
22 Cf. n. 11.
23 Cf. Iliada XX 74.
24 Ibid. XXIV 291. Es una especie de búho.
25 Ibid. II 813-14. Altozano escarpado frente a Troya.
26 A partir de ahora sólo aparecerán transliterados los nombres pro¬pios cuando vayan a ser objeto de análisis etimológico. En el resto de los casos aparecerán transcritos según las normas habituales.
27 Es cierto que, en Iliada XXII 306, HOMERO dice que los troyanos le llaman Astianacte, pero nunca dice cómo le llamaban las troyanas. Sin embargo, sí afirma que su padre, Hector, le llamaba Escamandrio (VI 402). Con tan rebuscado y poco honesto razonamiento, puede Platón es¬tar ironizando sobre la forma en que procedían los sofistas en sus etimologías.
28 Cf. Ilíada XXII 507. Los MSS. ofrecen éryso y pólin. El cambio éryso por éryto se explica fácilmente (en el pasaje citado, Andrómaca se dirige a Astianacte); el cambio de pólin por pylas lo admite NAUCK en su edición de la Ilíada, pero es posiblemente erróneo. Se sabe que Platón citaba a menudo de memoria.
29 Estas dos etimologías son correctas. Iremos señalando en nota a pie de página las que lo son. En realidad, no pasan de una veintena entre más de ciento veinticinco y, aún así, son «falsas etimologías», es decir, suelen consistir en relacionar una palabra con otra de su misma raíz. El resto es pura fantasía (cf. L. MÉRIDIER, Platon, Ouvres Complétes, vol. V, 2.a parte: Cratyle, París, 1950, Introducción, págs. 18 y sigs.).
30 MÉRIDIER (ibid., pág. 16) señala la inconsistencia de este pasaje. Hay dos principios que se contradicen: a) un hijo debe recibir el nombre de su padre (lo cual, desde luego, deja sin justificar el de éste); b) en ca¬sos de filiación antinatural, la nominación se debe hacer según el géne¬ro. Es decir, de hecho la única nominación justa en todos los casos es esta última. Pero es más: después de analizar, a continuación, la etimo¬logía de algunos miembros de la familia de los Tantálidas, donde aún gra¬vita vagamente este principio, luego lo abandona por completo.
31 Es la primera vez que Sócrates introduce esta idea, que repetirá continuamente (cf. 399a, 404e, 405e, 407c, 408b, 409c, 412e, etc.) hasta que la teoría de la mímesis la ponga en entredicho. Algunos comentaris¬tas (cf. nuestra Introducción) elogian la sagacidad lingüística de Pla¬tón por intuir la realidad del cambio fonético. Pero ello no exige una gran reflexión y -además- Sócrates lo aduce para justificar las fantásticas etimologías que vienen a continuación.
32 En gr. stoicheia: se refiere a los fonemas o, mejor dicho, las le¬tras del alfabeto. Sobre la concepción «gráfica» del lenguaje que impregna todo el diálogo y que ha sido objeto de crítica, cf. n. 157.
33 Efectivamente, los nombres epsilón, ypsilón, omicrón y ómega da¬tan de época bizantina, aunque ya hay indicaciones en HERODIANO, Parti¬tiones 162.
34 Lit. «sonoros» o «mudos». En 424c, añade una tercera categoría, la de los que «no son sonoros pero tampoco mudos» o sea, las sonantes. Cf. n. 148.
35 Archépolis es «El que gobierna la ciudad»; Ágis, «Conductor»; Po¬lémarchos, «Jefe de guerra», y Eupólemos, «Valiente en la guerra».
36 latroklēs es «Famoso curador», y Akesímbrotos, «Curador de los mortales».

158 Hasta el momento, Crátilo ha mantenido un inelegante y obsti¬nado silencio (recordemos su desgana inicial de hacer a Sócrates partí¬cipe de su conversación con Hermógenes, 383a). Ahora, tanto Sócrates como Hermógenes, le incitan a hablar; Sócrates, más veladamente, con el objeto de desmontar la teoría naturalista, como se verá; las palabras de Hermógenes, más ingenuo y abierto, entroncan con su primera inter¬vención ante Sócrates.
159 Cf. Trabajos y Días 361-62: .pues si añades poco sobre poco y ha¬ces esto con frecuencia, lo poco al punto se convertirá en mucho» (trad. de AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ, en el vol. 13 de esta colección).
160 Parece que la división en Cantos de la Ilíada y Odisea no es an¬terior a la época alejandrina. Antes de esta época se suelen citar por los nombres de episodios más o menos extensos, como Las Plegarias, La Có¬lera, Los Juramentos, etc.
161 Cf. Iliada I 343.
162 Sócrates ya ha dejado demostrado, contra Hermógenes, que se puede hablar falsamente (cf. 385b y ss.). Ahora tiene que volver a demos¬trarlo en contra de Crátilo basándose, precisamente, en la teoría de la mimēsis. Sobre los antiguos y modernos a los que se puede referir, en último término, la teoría naturalista (cf. nuestra Introd.).
163 Se entiende, «falsamente».
164 Cf. n. 55. Aquí rhēma tiene el sentido más restringido y exacto de «verbo».
165 La comparación de los nombres con los grabados se alarga en ex¬ceso (ocupa toda la letra c), por lo que esta primera frase resulta anacolútica.
166 Cf. 426c.
167 Probablemente, el texto esta corrupto, lo cual oscurece más aún la alusión a esta costumbre de los eginetas. Son atractivas las conjetu¬ras de Búrnet, pero opsiodíou es palabra no atestiguada, y opsismoû só¬lo en DIONISIO DE HALICARNASO (IV 46), con el inconveniente de eliminar hodoú que parece palabra sana. Sugiero el cambio de opsé por opsíou (Cf. PfNDARO, Ítmicas IV 38).
168 La frase, así formulada, queda un tanto oscura. Las dos afirma¬ciones contradictorias son: a) el nombre es una manifestación de la cosa mediante sílabas y letras; b) el nombre no es tal, si no posee todos los rasgos pertinentes de la cosa.
169 También en la Carta VII (343c) adopta Platón una posición con¬vencionalista con respecto al lenguaje: «¿quién nos impide llamar ‘rec¬to’ a lo que llamamos ‘circular’ o ‘circular’ a lo que llamamos ‘recto’?».
170 Cf. 426c, pero allí, en realidad, no se habla para nada de «rigi¬dez». ¿Lo añade aquí Platón para justificar la presencia de r en la pala¬bra sklērotēr que viene a continuación? ¿O kaì sklērótēti es una adición posterior introducida con el mismo objeto?
171 El rotacismo (cambio de s en r) es una característica del jonio de Eretria y Oropo, pero, contra lo que afirma aquí Platón, ninguna inscrip¬ción ha documentado hasta ahora el rotacismo en posición final (sí en eleo y laconio), cf. BUCK, The Greek..., págs. 56-57.
172 Es decir, skrērós.
173 El nombre es «esto»; «aquello», la noción.
174 El número, que en 432a le servía a Crátilo como apoyo a su teo¬ría de que cambiando un sólo elemento «un nombre se convierte al pun¬to en otro nombre», aquí se revela como argumento a favor del convencionalismo.
175 Cf. 414c.
176 En 411c manifestaba Sócrates que todos los nombres habían si¬do puestos según la idea de que todo se mueve. Pero si allí ya expresaba su escepticismo diciendo que, quizá, son los que pusieron los nombres quienes de tanto dar vueltas se marean (cf., también, 439c), aquí va a de¬mostrar que se pueden explicar en sentido contrario: conforme a la idea de reposo.
177 Cf. n. 105.
178 Hantartía puede relacionarse, o bien con hontartō «acompañar», o bien con hánta ía (de einti), syntphorá «accidente» con syntphéresthai, verbo con el que en 417a explicaba syntphora «conveniente». De esta for¬ma, ambos son sinónimos de synesis y epistōmō, explicados en 412a como procedentes de syniénai «acompañar» y de hépomai (id.), respec¬tivamente.
179 En la serie etimológica anterior (416b y 421b) se veía que los nombres de nociones negativas (lit. «censurables», psektá) coincidían eti¬mológicamente con la idea de reposo; las positivas (lit. «elogiables», epai¬netá), en cambio, con la idea de movimiento.
180 Crátilo se refugia, finalmente, en la idea de un legislador sobre¬humano. Pero esto ya había sido rechazado (cf. 425d) como una evasiva similar al deus ex machina de la tragedia. Ahora vemos más claramente por qué el hipotético legislador no puede ser sobrehumano.
181 Cf. 411c.
182 El principio de que los seres son en sí ya había quedado senta¬do en 486d y ss., como consecuencia de la refutación de la teoría de Pro¬tágoras. Aquí se dice algo más (que lo en sí es siempre idéntico y nunca abandona su forma) y se desarrollan sus implicaciones epistemológicas (sólo el ser en sí permite el conocimiento). Sin embargo, Sócrates no lle¬ga a ello por un proceso dialéctico sino acudiendo a un sueño que tiene; como, en ocasiones, recurre a un mito.

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