sábado, 9 de junio de 2012

Para pensar el fenómeno polifónico en el discursivo

El spanglish como práctica discursiva

Desde hace mucho tiempo viene sucediendo: ya los filósofos de la época de la decadencia del Imperio Romano, los "buenos" ciudadanos y literatos que vivían en la península itálica, se quejaban amargamente de la forma escandalosa en que las tribus bárbaras, las que habían sido incorporadas al imperio por la fuerza, corrompían el latín y le añadían palabras de sus propios dialectos (el imperio siempre llama dialecto a las lenguas que compiten con la suya y que son un obstáculo a su objetivo de borrar, de arrasar las culturas autóctonas de los pueblos vencidos). Allá por el segundo, tercero y cuarto siglos de nuestra era, estos gritos de angustia fueron cada vez más repetidos y, a la vez, cada vez importaron menos porque la sociedad del imperio romano terminó siendo mayoritariamente bárbara y minoritariamente romana pura.

Para cuando Atila recogió los despojos y tomó a la fuerza, la capital del mayor imperio del mundo antiguo, los hombres y mujeres que lo habitaban hablaban (con la excepción de los jurisconsultos, los monjes y la casta aristocrática) un latín “degradado”, o mejor dicho, distintos latines “deformados”, de tal forma que ya no eran la lengua oficial del imperio sino los cimientos de lo que más tarde serían el inglés, el francés, el alemán, el italiano y el castellano.

¿Cómo fue que los bárbaros triunfaron sobre los cultos ciudadanos romanos? Tal vez porque la lengua de uso es la lengua que pervive, el idioma que logra perdurar por una simple razón: su capacidad de adaptación a las necesidades de la comunidad donde se practica. En realidad, los idiomas son herramientas utilitarias colectivas. Y cuando decimos herramienta nos referimos a que una sociedad en su conjunto percibe a su lenguaje como un arma defensiva tanto como un juego en el que todos participan: quitándole y agregándole palabras, inventando nuevos vocablos, transformando las órdenes del opresor en signos propios, en jerigonza que define quién es quién.

El lenguaje, entonces, es otra clase de campo de batalla entre amos y esclavos, entre nativos y extranjeros, entre los que entienden el sentido de lo que decimos y los que se quedan sin saber lo que nosotros decimos de ellos en su cara. Y ese proceso sigue y sigue: el castellano de los españoles no fue el castellano de los indígenas que tuvieron que aprenderlo para sobrevivir en la Nueva España, ni el castellano mexicano del lado sur de la frontera es igual al spanglish que hablan los mexicoamericanos que viven y trabajan del lado norte. Cada una de estas clases de castellano es una rama distinta de un árbol por demás frondoso. Por eso constituye un error creer, como los viejos filósofos romanos, que hay una sola manera de hablar y escribir el latín "deformado" que llamamos castellano y no las numerosas formas de transfigurarlo en otras lenguas más adaptables a cada tribu sometida.

Un ejemplo de estas conformaciones linguísticas debidas al uso que ejercen los hablantes de su lengua lo constituye el spanglish: son muchísimas las personas que lo hablan y lo escriben y lo viven como parte de su "botiquín" de supervivencia cultural. Más allá de los pronunciamientos que denostan al spanglish, lo cierto es que se trata de una práctica linguística llegó para quedarse, que ya no se lo puede ignorar como hace apenas unas dos décadas todavía se acostumbraba hacer entre los intelectuales de México, para quienes toda frase o expresión en spanglish era un acto de traición a la patria, una forma de darle la espalda al castellano. Ahora se intenta acaparar al spanglish, abrazarlo como un hermanito menor (véase el paternalista prejuicio de clase) bajo la protección del castellano a la mexicana (que casi siempre equivale al español que se habla en la ciudad capital).

Un intento inútil a todas luces, porque el spanglish no necesitó permiso de nadie para hacerse y difundirse ni necesita ahora bendiciones de sus anteriores detractores. El spanglish es una ruta más hacia el futuro de dos lenguas nacidas desde el latín: el español y el inglés. Una herramienta práctica, excelente para nuestro tiempo de globalizaciones y fronteras cerradas, de internet y ghettos en auge. No serán las "autoridades linguísticas" las que dictaminarán su destino ni sus cambios a futuro. Eso lo deciden, como siempre ha sido, la gente que lo utilice y lo practique, la comunidad que lo entienda y lo talka ("hable" en spanglish).

Por eso la conciencia del lenguaje es imprescindible: saber por qué decimos lo que decimos y por qué lo decimos de una forma distinta a los demás. "Eres lo que escribes" no es un imperativo categórico: es una descripción de nosotros mismos en un mapa siempre cambiante, en evolución constante. Un mapa que se hace al andar por su geografía de palabras, de signos, de puentes que nos comuniquen, de ideas que podamos entre todos hacer nuestras. No es una orden sino una petición de principios: tratemos de entendernos con la lengua que somos entre todos y tratemos de aceptar que cada dialecto es una posibilidad de futuro, un atajo hacia otras comarcas por descubrir, por explorar, por vivir.

Adaptado por Oscar Amaya de http://escribesinfaltas.blogspot.com.ar/

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