lunes, 16 de mayo de 2016

› LA CRISIS DEL SISTEMA UNIVERSITARIO Y EL AVANCE SOBRE LA LIBERTAD DE INGRESO


El lugar de la universidad en la calle




Públicas son las clases
por Eduardo Grüner *
Un hombre de mediana edad se acercó respetuosamente y me dijo, casi en voz baja: –Disculpe, profesor, no quiero interrumpir su clase, pero necesito sacar el auto, ¿puede ser? Por supuesto, inmediatamente los estudiantes (unos 150) apartaron unos metros sus sillas y le hicieron un “túnel” al correcto vecino. Unos minutos antes habíamos sido duramente increpados por otra vecina, a la que aparentemente le impedíamos dormir la siesta. Logramos calmarla y convencerla (a medias) de lo excepcional de la situación, la importancia de la defensa de la educación pública, etcétera. Esto ocurría sobre la calle Puán, frente a la fachada ya bastante exhausta de una antigua fábrica de cigarrillos desde hace décadas transformada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Cientos de escenas equivalentes se repitieron en toda la ciudad, allí donde hubiera una facultad o un colegio preuniversitario, pero también en vagones de subte, estaciones de tren, plazas, escalinatas. Una multiplicidad de mini-dramas urbanos, como esos que analizaba la “microsociología” de Erving Goffman, pero que en este caso pusieron a miles de estudiantes, docentes y (mal llamados) no docentes literalmente en el espacio público: es decir, en el “escenario” de la política grande. Y ello sin alterar sustantivamente el desarrollo de los programas. Es fundamental que la sociedad entienda bien esto: seguimos dando clase. No se usó ese “estado de excepción” con irresponsabilidad festiva, ni para sustraerse a las obligaciones: se avanzó en los “contenidos” que correspondieran, solo que muchísima más gente pudo escucharnos, si así lo querían. Salvo por el día jueves 12 (en el que esos miles de gotas de agua se precipitaron en una gran catarata cantarina y pacífica, pero desbordante e indetenible) no se perdió un solo día de clase. La medida de protesta, sin dejar de serlo, derramó a la educación sobre las calles, donde cualquiera que lo deseara podía escuchar una clase sobre física nuclear, o sobre la psicología de la Gestalt, o sobre las propiedades del ácido oxirribonucleico, o sobre Walter Benjamin, o sobre teología medieval. Eso es, exactamente, la educación pública. En una de mis clases yo sugerí –un poco en broma, un poco en serio– que, si bien comprendía el uso de la expresión en este caso, en verdad todas las clases en una universidad como la UBA son públicas, de manera que a estas deberíamos llamarlas IUCA (Intervenciones Urbanas de Carácter Académico). Los muros de una facultad sirven para trabajar más cómodos y protegerse del frío o de la lluvia, nada más. Cualquier transeúnte curioso tiene perfecto derecho a entrar a una facultad y escuchar una clase que le interese, sin necesidad de estar “inscripto” en carrera o materia alguna. Desde ya, casi nadie lo hace. Muchos no lo harán porque en efecto no les interesa, y no tienen por qué hacerlo. Pero otros muchos no lo saben, o aún sabiéndolo no se animan, así como los miembros de las clases populares raramente se animan a entrar a los conciertos gratuitos del Teatro Colón (si es que aún existen: no lo sé). La sociedad de clases levanta barreras culturales invisibles pero infranqueables ante la conciencia de aquellos/as que presuponen que no “pertenecen” a esos espacios. Y bien: ahora saben –y habría que sacar conclusiones al respecto– que la universidad pública (pero es solo un ejemplo: que todas las “instituciones públicas”) les pertenecen. Y no únicamente (que ya sería bastante) porque son ellos, los ciudadanos/as, los que las sostienen con sus impuestos, sino porque –aunque en general esto ocurra de manera no consciente– es la sociedad la que las ha construido y reconstruido una y otra vez, muy trabajosamente, y a veces sufriendo extrema violencia. No tiene por qué, pues, sufrir esa otra violencia ideológica, consistente en que ciertas fracciones de las clases dominantes les secuestren esa construcción institucional, haciéndoles creer que cosas como la educación, la salud, la vivienda o, para decirlo todo, la política y el Estado mismo son graciosas concesiones que arroja desde el cielo algún demiurgo todopoderoso. Y eso para no mencionar que, en nuestro actual contexto político, tales “arrojos”, aún con la cuestionable filosofía a la que responden, son menos que inexistentes: al contrario, el único “plan” (o “modelo”, o “proyecto”) que se distingue borrosamente, es el de hacer desaparecer hasta el trabajo que la sociedad se ha tomado para aquellas construcciones. Por eso, sacar la universidad a la calle no fue solamente –como si fuera poco– una demanda multitudinaria de justicia para el salario docente y no docente, el presupuesto educativo, el boleto estudiantil, la situación de barbarie de los “ad honorem”, y así siguiendo. Fue también, y tal vez descubramos que fue sobre todo, un llamado de atención sobre la dignidad de la lucha de cada uno y cada una de los sujetos sociales para que las denominadas “instituciones” sean auténticamente instituidas por la sociedad en su conjunto en su carácter “público”. Quizá –permítaseme esta módica utopía– algún día lleguemos a una sociedad donde todos y todas quieran participar, de una u otra manera, en una clase pública. Cuando ello suceda, habremos vuelto todos a la “política grande”.
* UBA.

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